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La Coctelera

Recuerdos sin centinela.

La amanecida me ha regalado ilusiones antiguas en forma de sueños. Quedé dormido sobre un banco de piedra, borracho y sin conciencia, pero he soñado que soñaba un sueño; un cuento de príncipes y princesas sin brujas ni dragones. He imaginado que vivía una vida; mi propia vida alejada del dolor y la desesperanza. Con el despertar todo se esfumó. El camión de la limpieza se llevó por delante todas mis fantasías. Mi amargura quedó nuevamente al descubierto. Mis sueños se esfumaban a través de una alcantarilla cercana. Me empecino en cambiar el rumbo de una vida que no hace más que mostrarme hostilidad, aflicción y realidades tan confusas como inextricables. Aún sin ser percibido, me incorporo del banco, tambaleante, y dirijo la mirada hacia el personal municipal, como pidiéndole explicaciones. Veo sin ver a seres abyectos a mi alrededor, que me escrutan descaradamente, comprobando que no soy nada más que un simple borracho y que no valgo más que el contenido de aquel camión cargado de inmundicias. Agacho la cabeza y me marcho. Ya no hay lágrimas que verter. Solo frustraciones. Pensamientos confusos, ininteligibles, intemperados; que sin matar, te van colocando al borde del precipicio.

Abatido, desolado, arrastrando por la vida el espantajo en que se había convertido mi cuerpo, llego al portal B del edificio dónde vivía. Elevé la mirada hacia el séptimo piso. Allí debe estar mi otro yo, el soñador que sigue y persevera en soñar los sueños, el hombre irreductible en esperanzas, lo único salvable que aún quedaba de mí. Quizás esté durmiendo. Quizás soñando. O quizás, lo más deseable; placenteramente muerto.

Suena el despertador. Las 7:30 horas. David se incorpora de la cama como un autómata. Un olor a rancio y a decrepitud inunda la habitación. Se le veía cansado, terriblemente cansado y con la sensación del aturdimiento que conlleva una buena resaca. David no entendía nada. En un rincón, sus ropas húmedas y sucias andaban enmarañadas entre botellas vacías. Olía a borrachera a pesar de tener la sensación de no haber probado ni una sola gota de alcohol, sin embargo, algo le decía que aquella situación no le era del todo ajena. Hizo un esfuerzo por recordar si aquella noche había soñado. Intentaba encontrar algún motivo que explicara todo su desconcierto. Entre dudas se dirigió al baño. Treinta minutos después, David, con el cuerpo vigorizado, aparecía por la cocina con un humeante café entre sus manos. Con pasos firmes se dirige al balcón para regar la única maceta existente; un jazmín generoso, regalo de su amada y el único vínculo con la vida y el recuerdo. Al abrir la puerta notó un aire frío impactando en su rostro. Una fina lluvia comenzó a caerle de forma insistente. Desistió del riego, pero antes de marcharse, lanzó la mirada hacia el portal del edificio. Un escalofrío de inquietud violentó todo su cuerpo. Creyó verse allí abajo. Con las mismas ropas húmedas y sucias que encontró al despertar. El gesto serio. Inamovible. Imperturbable. Restregó los ojos con sus manos en señal de incredulidad. De pronto; sin saber ni quién ni desde dónde, David oyó gritar su nombre con desesperación, un grito que denotaba una dolorosa tristeza, una soledad insoportable, un grito donde se reflejaba la imagen amarga del que sabe que ya no se tiene, del que ya no se encuentra, del que solo busca entre sueños el bálsamo que lleve consuelo a sus heridas sangrantes. Instintivamente, y casi al unísono, con el trazo de lo inevitable dibujado en su rostro, su cuerpo se lanzó al vacío...

Décimas de segundo le separaban de una muerte segura, una muerte esperada, una muerte que ansiaba y necesitaba. David se precipitaba al vacío con las alas rotas de la muerte. La taza de café cayó de sus manos. El sonido estridente de la fina loza contra el suelo le abstrajo de sus perniciosos pensamientos. La fina lluvia empapaba su rostro. Miró hacia abajo y solo sintió el vértigo del que no se sostiene, de alguien que adolece de sentimientos y emociones gratificantes, y que ha visto, en la distancia de los infiernos, como se difuminaba la única luz y el único camino hacia la esperanza.

David tenía 66 años. Dos años atrás había perdido a su esposa, a su único hijo y sus dos nietos en un accidente de tráfico del que él resultó trágicamente ileso. Solo en la vida, solo en la muerte, solo; y ahora, también sin memoria. Una maldita enfermedad le había condenado a no poder amar ni vivir entre sus recuerdos. Miró el reloj de pared y comprobó que habían pasado diez minutos de las 9 de la mañana. Después, sonó el interfono; una vez, dos veces... David, con andar cansino, descolgó el telefonillo y preguntó: ¿Quién es? Hola, buenos días, ¿Es Ud. David? Sí. Somos de asuntos sociales, tenemos que ingresarlo en la residencia geriátrica. Un suspiro lastimero se oyó del otro lado. Y un largo sollozo. Después; se hizo el silencio. Pasaron dos minutos que resultaron fatídicos. ¡David! ¿Está Ud. ahí? A través del sonido metálico del altavoz se oyó el amartillar de un revólver. El disparo sonó rotundo. Liberador. El charco de sangre comenzó a dibujar un perfecto círculo rojo; un círculo mortal, sin aristas, donde descansaba su vida, sus recuerdos, su fe, sus sueños, su amor, su esperanza...

Pintando lo desconocido.

 

...por su cabeza merodeaba una idea que le causaba enorme angustia, desasosiego, recelo...

... deambulaba por todas las habitaciones de la enorme casa; huía de algo o de alguien. Se acercó al salón y buscó refugio al calor de la chimenea. Unió sus manos y las frotó con fuerza. En un instante, un viento traicionero irrumpió con violencia. Ventanas abiertas de par en par acompañadas por un estruendoso ruido de cristales rotos. Después, toda la estancia se inundó de un frío húmedo, gélido y fantasmal; el fuego, poco a poco, se fue consumiendo. La oscuridad hizo de las tinieblas inquietud.

... la tenue llama proveniente de una lamparilla de aceite se hacía notar en aquella tenebrosa y cegada habitación. Unas poderosas pisadas resonaban con fuerza sobre el suelo de piedra; marcadas con claridad, y en ellas, se notaba dubitación, incertidumbre, inseguridad sobre qué camino seguir. Entraba, salía, subía y bajaba constantemente -y sin sentido- de las mismas habitaciones. A tientas. A oscuras. Al cabo de un rato, el poderoso sonido del silencio, callado, triste e intrigante, se convirtió en el principal protagonista. Resultó ser un bálsamo tranquilizador para unos nervios destrozados. Se sentó sobre un sillón cubierto por una enorme sábana cubierta de polvo. Se recostó; y dejó pasar el tiempo...

... con las luces del alba entrando a raudales por las ventanas abiertas, aquel ser se desperezaba para librarse del entumecimiento que la incómoda postura le había provocado. Miró al sillón y comprobó la existencia de abundante pelaje de color gris oscuro. Dio dos pasos para atrás; sorprendido, obnubilado. Sus pies descalzos pisaron un líquido espeso y viscoso que cubría una enorme mancha roja. Se sobresaltó y huyó despavorido del lugar. Al subir las escaleras su cuerpo quedó dibujado sobre un enorme espejo. Quedó paralizado. Se vio en plena desnudez y le desconcertó su abundante vellosidad, aquellos rasguños profundos y sangrantes por todo su cuerpo y que no le causaban el menor dolor. Y se asustó; y tembló de incertidumbre; y temió que esa idea que merodeaba por su cabeza fuera cierta...

... las escaleras daban acceso a un amplio pasillo. Había un total de cinco puertas. Abrió la primera de ellas y todo parecía estar en calma. Un dormitorio amplio donde se podía comprobar que la cama seguía estando intacta. Al fondo, en su parte derecha, una puerta se mostraba entornada. Se asomó a ella y la abrió completamente; un grito desgarrador salió de su garganta al comprobar el macabro hallazgo; un cuerpo de mujer, irreconocible y sanguinolento, se encontraba en el interior de una bañera, con la piel arrancada a jirones, con surcos profundos en su carne que parecía haber sido despegada del hueso, sin ojos, sin boca, sin rostro, olía al inconfundible perfume de la muerte...

... sin apenas tiempo para reponerse, abrió el resto de puertas. Cuatro. Y en las cuatro el mismo escenario. Muerte, masacre, el descuartizamiento despiadado de cuatro personas jóvenes, en particular, la última, una criatura de apenas tres años, bañada en sangre y cuya pequeña cabeza quedaba separada de su cuerpo por un certero tajo. No le quedaban fuerzas ni para gritar. El dolor le estaba devorando por dentro, carcomiendo sus entrañas. A lo lejos, muy a lo lejos, y debido a su poderoso poder auditivo, parecío percibir el pitido agudo de unas sirenas. Pensó en huir pero no sabía dónde. Sólo le quedaba un camino, lo emprendió con paso firme, decidida e irrevocablemente...

... en uno de los altillos del armario, como queriendo alejar el peligro de manos inocentes, se encontraba una caja con munición y una escopeta de caza. La bajó, la revisó concienzudamente y la armó con dos cartuchos. Él, con parsimoniosa serenidad y la calma del indolente, se sentó en un pequeño taburete, empotró la culata sobre el armario, metió los cañones en su boca, posó el dedo pulgar de su pie derecho sobre el gatillo, y esperó unos segundos; muy pocos...

... el disparo sonó fuerte, estrepitoso. Al momento, el olor a pólvora inundó la habitación. Gran parte de la masa cerebral y del encéfalo acompañados con chorros de sangre se esparcieron sobre la pared, dibujando sobre ella, una funesta y aciaga pintura abstracta; después, nuevamente, el poderoso sonido del silencio volvió a ser el principal protagonista...

Cuando cerré el libro tomé una decisión. La próxima vez que mis padres salieran a cenar cogería otro tipo de libro, algo del estilo de Barbara Cartland o Danielle Steel...

El paraíso de mi perdición.

Teresa acudió puntual a su trabajo. Como siempre. Pero ese lunes, su aspecto era inhabitual en ella. Su rostro estaba marcado por el cansancio, y en sus labios, había desaparecido el color rojo pasión de su carmín preferido. Sus ojos reflejaban tristeza y dolor. El fin de semana había deparado a Teresa una desagradable sorpresa. Un mazazo sentimental a su noble corazón. Su pareja, con la que convivía desde algo más de cinco años, se había despedido de ella de forma definitiva. Sus palabras sonaron a terrible sentencia en sus oídos: "Lo siento, he dejado de quererte y te dejo; no puedo soportar un minuto más a tu lado". Teresa, ante la terrible e inesperada noticia, no pudo evitar el abatimiento y enjugó sus lágrimas en las mismas sábanas blancas de las que aun emanaba el olor corporal de su amado. Sábado y domingo al abrigo del edredón como testigo mudo del abandono. A su desesperación e incomprensión únicamente acudieron -de forma intermitente- el sonido de su música preferida y la lectura de un libro de poesía. Fueron sus únicos y fieles aliados, los únicos que acudieron al rescate de su dolorosa ruptura.

A la hora del café Teresa se reunió con sus compañeros de trabajo. Todos intuyeron -por su semblante- que algo importante le había ocurrido; pero callaron, ignorando su dolor por respeto a su intimidad no por desestimación. Obviaron la situación y comenzaron a charlar de temas insustanciales.

Los días pasaron, y con ellos, la tristeza de su rostro se iba desdibujando . El dolor del abandono seguía instalado en su corazón, pero poco a poco, con la ayuda del tiempo, sus libros, su música y su fuerza interior, salió del pozo de la angustia. Demostró ser mucho más fuerte de lo que ella misma creía.

Tres meses después, con la primavera instalada en rigor y hermosura, paseaba por las calles de la ciudad; sin rumbo. En el escaparate de una agencia de viajes destacaba un sugerente cartel con un título corto pero contundente que invitaba a las mejores fantasías: "Santorini; el paraíso griego" Después de cinco minutos pegada al cristal, y como movida por un resorte, entró al interior. Al poco tiempo estaba siendo atendida por un joven, guapo, educado y simpático. De vuelta a casa, con el bolso repleto de propaganda y mapas de la zona, Teresa irradiaba una felicidad desacostumbrada. Esa noche, entre copas de ron y su inseparable Camel, soñó con su primer viaje en solitario, del que nadie, ni siquiera en su oficina, conocía el más mínimo detalle.

Sabía que su economía se resentiría, pero ahora no era el momento para reproches. El viaje estaba programado para primeros de junio y duraría 18 días. Antes de su marcha se compró ropa nueva, se cortó el pelo a lo garçon, cambiando además su color rubio habitual por un impactante color platino. Y con ese nuevo luck, partió hacia su destino vacacional con la intención de mostrar a todos la esplendidez de sus 26 abriles.

Había llegado a Santorini y se había instalado en un discreto hotel donde la pulcritud y una decoración minimalista eran su principal reseña. Entró en el baño, y después de una reconfortante ducha, salió a la calle con la intención de aprovechar cada minuto de su tiempo. Nada más atracar en el puerto comprobó que el eslogan de "paraíso griego" se quedaba corto. La isla tenía la romántica forma de media luna, se percibía en los sentidos las aguas cálidas del Mar Egeo confundidas entre el particular olor que desprendían las rocas volcánicas. Las casas, pintadas de blanco luminoso y azul añil, destacaban por su hermosura y sencillez, al mismo tiempo, su corazón, en perfecta armonía con su ánimo, le hacía sentir una paz interior desconocida. Se sentó en la terraza de un restaurante, sacó su inseparable Camel y rebuscó en el interior de su bolso  su Zippo; el último regalo de su amado. No hizo falta, una mano varonil, fuerte y velluda le acercó lumbre. Miró al desconocido y le agradeció el gesto. El joven, con una sonrisa arrebatadora, le hizo una cómica reverencia que arrancó a Teresa una agradable sensación de bienestar. Era el camarero y no debía tener más de 20 años. Sus miradas se volvieron a cruzar, en esta ocasión, Teresa notó como su cuerpo era poseído por un torbellino de emociones. Bajó la mirada y pidió un vermut.

Entre baños cálidos, sol reconfortante, comidas generosas y bebidas sugerentes, Teresa había consumido un tercio de su estancia. Era una joven feliz. Pero decidió que un poco de aventura no le vendría mal. No quería asumir demasiados riesgos pero se negaba a compartir horas y horas con los mismos compañeros de viaje y de hotel. Debía lanzarse sobre la noche y sus innumerables fiestas, necesitaba encontrarse a sí misma y ansiaba retener en su memoria algún recuerdo de forma indeleble. Aquella noche, una ensoñación excitante, acudió a su rescate. Cuando despertó, notó una humedad desconcertante en sus diminutas bragas de seda natural. Bajó a la cafetería del hotel con su habitual mochila y ataviada con su traje de baño cubierto con un espectacular albornoz de gasa que dejaba a la vista la contundencia de sus curvas. Desayunó y organizó una visita en barquita hacia la vecina isla de Thirassia. Al poco rato, el agradable sonido de los remos sobre las aguas azules le abstrajo de cualquier otro pensamiento.

Llevaba dos horas tumbada sobre la arena, interrumpida únicamente  por ligeras zambullidas en el mar. En la última de ellas, un hombre joven, pero de edad impredecible, salió a su encuentro. Charlaron cordialmente y entre sonrisas durante unos minutos. Acto seguido Teresa recogió su esterilla y demás objetos y se fue con aquel hombre a un bar cercano. Por los gestos, el semblante y el brillo en los ojos de Teresa se podía adivinar que se encontraba a gusto en compañía del desconocido. El hombre, amablemente, invitó a Teresa a comer en el restaurante más famoso de Thirassia, algo que sin cita previa, resultaría totalmente imposible para cualquier otra persona. Teresa acepto no sin reparos. La comida se convirtió en un auténtico manjar regado con un exquisito y abundante vino de la tierra. Todo transcurría en un ambiente relajado y jocoso. Después de unos chupitos digestivos y un estimulante café, Teresa notó cierto aturdimiento que achacó al exceso de alcohol. Aún así, llegó el momento de partir y se lo comunicó a su desconocido acompañante. El hombre se levantó, y con formas educadas, se acercó a Teresa ofreciéndole su mano. En el camino hacia el pequeño puerto desde donde Teresa partiría hacia Santorini, el hombre, que respondía al nombre de Vasilios, se ofreció a acompañarla en su yate. Ella dudó un instante, solo un instante antes de aceptar su ofrecimiento. El corazón de Teresa comenzó a latir con inusitada fuerza cuando sintió las manos de Vasilios sobre su cintura. La fina gasa no suponía ningún obstáculo para sentir los suaves dedos del hombre sobre su piel. Su excitación iba en aumento, de repente, Teresa, en una decisión espontánea y alocada, cogió con suavidad la cabeza del hombre y la atrajo hacia ella lentamente; muy lentamente. El beso, lleno de pasión, lujuria y necesidad, traspasó la barrera de lo explicable. Vasilios sabía lo que Teresa necesitaba, su boca, tan experta como su lengua y sus manos, supieron estar a la altura que la situación requería.

Por fin llegaron al yate. Teresa sentía una constante humedad en su intimidad y necesitaba una ducha urgentemente, no quería que el aturdimiento le privara de aquella ambrosía con la que Vasilios le deleitaba. Minutos después, aquel hombre, aquel desconocido del que solo sabía su nombre, supo sacar de Teresa todo lo mejor y todo lo oculto que poseía; reiterados gemidos, posturas imposibles, un placer desconocido, el éxtasis, el clímax...

Con sus cuerpos sudorosos sobre aquella confortable cama y una vez pasada la locura momentánea, Teresa fumaba un cigarrillo, Vasilios, ligeramente recostado, descansaba. Teresa, entre calada y calada, empezó a fantasear. Se recostó sobre Vasilios, de tal forma, que sus prominentes pechos se clavaban sobre su espalda. Sus manos, inquietas y deseosas, jugaban con el miembro flácido del hombre. Con un movimiento suave, colocó el miembro de Vasilios a su alcance. Lo engulló con suavidad, y solo lo soltó, cuando sus dimensiones hacía imposible su estancia en la cavidad bucal. Practicaron sexo oral durante un largo rato, sin penetración, solo sus bocas y sus caricias estaban invitadas al festín. Teresa no podía contar el número de orgasmos, había perdido la cuenta del placer que aquellas manos, aquella boca, aquella lengua, y aquel miembro -poderoso y altivo- le estaban proporcionando. Un grito contenido y prolongado salió de la boca de Vasilios acompañado de movimientos frenéticos de la pelvis, Teresa sacó el miembro de su boca y pudo comprobar como una caliente y abundante eyaculación era vertida sobre sus pechos. Cayeron, extasiados y sudorosos, sobre las sábanas blancas; después, un profundo sueño se apoderó de ellos.

Habían pasado algo más de seis meses y Teresa no aparecía por su trabajo. Un compañero, que sentía por la joven algo más que simple compañerismo, denunció el hecho en comisaría una semana después de la fecha en la que Teresa debía incorporarse a su empresa. Nadie sabía dónde estaba ni dónde buscarla. Como si su cuerpo se hubiera desintegrado. La navidad se cernía sobre la ciudad. Las luces, los villancicos, los generosos papás Noel, los regalos, el consumismo y los buenos deseos se acumulaban en las pantallas televisivas. Mientras tanto, en Grecia, un periodista de sucesos anunciaba la aparición de los cadáveres de un hombre y una mujer en condiciones lamentables e irreconocibles en una lejana costa del Mar Egeo...

Noche de luna llena.

La luna estaba radiante. Plena de luz y belleza. Pero aquella maravilla de la naturaleza no pudo evitar el grito desgarrador que provenía desde el borde mismo de aquel precipicio. Eran las dos y cinco de la madrugada y aquellas dos personas estaban solas; fatídicamente solas, alejadas de todo y de todos.

El día era caluroso. Sofía cogió su móvil de última generación y habló con Carmen, después de cinco minutos de risas y susurros cómplices, decidieron acudir juntas a la piscina pública. Era su tercer día de vacaciones en aquel pueblo perdido, dónde -según ella- su madre tuvo el mal gusto de nacer. El pueblo se llamaba "Robreredo de la Sierra" y acudía a él (no sin reparos), todos los veranos... desde los seis años de edad. Estaba situado al noroeste de Extremadura y sus habitantes, salvo en periodo estival, no sobrepasaba el millar de personas. Desde hacía más de dos décadas, la ganadería, su principal recurso, se había visto reemplazado por el turismo. Era un pueblo precioso con unas vistas naturales impresionantes pero ella añoraba todo lo que la ciudad de Madrid le ofrecía a salto de metro. A eso de las 12:00, Sofía esperaba impaciente la llegada de su amiga. El calor empezaba a ser sofocante, quizás eso, o el descaro de su sensual juventud, podría explicar aquella vestimenta, pero en verdad, sus ropas quedaban reducidas a la mínima expresión; un short vaquero, roto y estrecho, que comenzaba tapando su monte de Venus y acababa en su ingle, además, una camiseta blanca con un pequeñísimo dibujo de Bart Simpson que cubría dificultosamente sus prominentes senos. Sofía tenía 17 años, no sabía mucho de matemáticas ni literatura pero era consciente de que gustaba enormemente a los hombres.

Media hora después, las dos amigas entraron al recinto público. Escudriñaron el entorno y eligieron un lugar dónde estirar sus toallas. Al poco rato, dos moscones ávidos de emociones, comenzaron a babear sobre ellas. Carmen, que los conocía, supo despacharlos con rapidez. El sol hacía estragos en su piel, se levantaron, y se dieron una larga zambullida. Cuando terminaron, decidieron tomar un refresco en el bar para calmar su sed. En el camino, notó que su escultural cuerpo, era observado por la inmensa mayoría de los presentes y comprobó que en sus caras se dibujaba una tremenda sensación de excitación sexual. Se sentaron, y sin hacer el menor comentario al respecto, comenzaron a charlar sobre sus planes para la noche. No muy lejos de allí, en una mesa situada en una de las esquinas, un hombre de poco más de 25 años, no les quitaba la vista de encima.

Sobre las seis de la tarde decidieron marcharse. En el camino de regreso, Sofía preguntó -por vez primera - por Juan, aquél niño extraño y desprovisto de belleza pero que siempre estuvo enamorado de ella. Sigue siendo un niño raro, y aunque tiene mi misma edad, apenas se le ve en la calle, no tiene amigos y para colmo, su madre, murió hace unos meses -dijo Carmen- Y añadió: ¡Me da mucha pena! Ambas callaron, siguieron el resto del camino sin percatarse, que tras ellas, a una cierta distancia, alguien les seguía...

... la joven se defendía de los ataques de su acompañante como podía. ¡Puta! ¡Ahora vas a saber lo que es un hombre de verdad!... ¡Abre las piernas o te las parto! Ella gimoteaba y pataleaba cada vez con menos fuerzas. El hombre, con el miembro viril al descubierto, le lanzaba frases obscenas. Ella, arrastrando su mano por el suelo encontró uno de sus tacones rojos, lo cogió, y con fuerza extraordinaria, lo hundió en el cuello de su agresor. El chillido de dolor fue estremecedor, aún así, no abandonó la posición de fuerza que mantenía sobre la joven. Con una de sus manos se desclavó el largo tacón de aguja del cuello y borbotones de sangre comenzaron a emanar del orificio. Sacó un pañuelo, y maldiciendo, presionó sobre la herida realizando un torpe torniquete. Fue entonces cuando sus puños empezaron a impactar con ferocidad sobre el bello rostro de la chica... una vez... y otra... y otra... hasta que el cuerpo de la joven quedó inerte. Pero la maldad de aquel hombre no conocía límites, levantó su vestido, bajó sus bragas... y la violó sañosamente. Estaba claro que aquella no era la primera vez que violentaba la voluntad de una persona. Cuando terminó de satisfacer su más y abyecto instinto psicótico, comprobó que su semen se mezclaba con sangre virginal. Y eso le hizo aún más feliz, tanto, que una nueva excitación le permitió repetir su canallesca y criminal acción. La luna fue testigo mudo de aquella brutal agresión, y en un acto de vergüenza, tuvo que esconder su intensa luz entre una negra nube que ya presagiaba un trágico final...

Las dos amigas, después de tomar un refrigerio en un restaurante, se dirigieron a la única discoteca existente. Entraron, y a pesar de que no había excesivo público, buscaron acomodo en un sitio tranquilo y alejado. Carmen, divisó en el recinto a algunas de sus amigas, se excusó con Sofía, y acudió rauda a saludarlas. Minutos después, un hombre de buena presencia y modales, se presentaba con una sonrisa enigmática dibujada en sus labios. ¿Quieres una copa? -Preguntó con tono cordial- Ella asintió. Se levantaron con dirección a la barra, pidieron sus bebidas y él escogió otro lugar para sentarse. Comenzaron a charlar de música, de cine y de temas de escasa trascendencia, en la conversación, él reconoció haberla observado con detenimiento aquella misma tarde en la piscina. Al rato, Sofía comenzó a sentirse indispuesta, algo mareada y confundida, algo que le extrañó sobremanera. El hombre, mostrando su mejor galantería, se brindó a acompañarla y ella, ante el aturdimiento, no supo -o no pudo- poner impedimentos. A esa hora la discoteca estaba concurrida, pero él, cogiendo de la mano a Sofía, la condujo por uno de las laterales menos iluminados y transitados. Nadie pareció darse cuenta de su salida. Recorrieron a pie unos metros, él tomó a la joven por la cintura hasta que se detuvieron ante una moto de gran cilindrada. La arrancó, y con Sofía a bordo, acomodando su desconcertada cabeza sobre su espalda, dirigió su marcha, primero sobre calles solitarias y después por un camino que solo era conocido por aquel oscuro y misterioso hombre. O eso creía, porque no reparó en la presencia oculta de unos ojos que vigilaban sus pasos.

... el hombre cayó exhausto sobre Sofía que ya hacía lentos movimientos de recuperación. Cuando la joven, aún en el suelo, recuperó la plena consciencia, se notó sin fuerzas y con una sensación espantosa en su interior. Los golpes recibidos le provocaban dolor físico pero nada comparable con el dolor de su corazón. Intentó gritar pero de su garganta apenas salían quejidos lastimeros. Él, algo mareado por la sangre perdida a través de su cuello, se levantó con algo de esfuerzo. Su depravada conducta y el supremo goce de generar endorfinas a costa de su víctima, parecieron revitalizar su bienestar. Miró a los ojos de Sofía y dijo: ¿Has tenido bastante zorra? Y ahora que ya no me sirves ¿Qué voy a hacer contigo? ¿Sabes volar? -Dijo, mirando al precipicio- Pues no te preocupes, que muy pronto lo vas a comprobar por ti misma... Una intensa risa sarcástica puso punto final al siniestro monólogo. Se dirigió hacia ella blandiendo una navaja que sacó del interior de su bolsillo y, con un movimiento rápido y brusco, la cogió del pelo y la levantó literalmente del suelo. Ni el menor grito de dolor salió de la boca de la joven que parecía convencida de que su final era irremediable y que sus fuerzas se habían extinguido, tampoco lloró cuando aquel ser, vil y despreciable, empezó a rajar su cara y cuerpo. Él se situó a la espalda de Sofía y la fue arrastrando hacia el borde del despeñadero. Ella cerró los ojos en señal de resignación, de pronto, el sonido de un fuerte impacto, seco pero perceptible, se escuchó en el silencio de la noche... después... un cuerpo se desplomó.

Aquél joven, aparecido entre la maleza, había salvado la vida de Sofía. Una voz de tonalidad grave, totalmente desconocida para ella, le dijo -con extrema ternura- que no temiera, que ahora estaba a salvo. El joven observó el estado del maltratado cuerpo de Sofía y tuvo que apartar la mirada. Después añadió: me llamo Juan, y nos conocimos siendo ambos muy niños. Ella le miró, después le abrazó... y buscó el refugió de su cuerpo y sus lágrimas sobre su hombro.

... de forma simultánea, el plenilunio volvió a brillar radiante... y las tinieblas se alejaron definitivamente...

El baobab del amor (Final de Maisha)

El destino le proporcionó dos sorpresas en un corto espacio de tiempo. La primera de ellas muy agradable, hacía poco más de dos meses fue nombrada para el ejercicio de su actual cargo. La segunda, fatalmente trágica para su vida, su marido perdía la vida en accidente de tráfico. Hoy estaba incinerando su cuerpo.

 

La presencia de esa bella mujer en aquel acto luctuoso había levantado mucha expectación entre los distintos medios de comunicación. Rodeada de guardias de seguridad y entre destellos de flashes, abandonaba el recinto. Bajo el brazo derecho destacaba la presencia de una urna de metal. Los fotógrafos más avezados, debieron captar la triste imagen de un torrente de lágrimas corriendo por sus mejillas y que después serían comercializadas como pago del dolor al mejor postor.

 

La bella mujer se llamaba Gabriela y trabajaba para la ONU como Alto Comisionado para los Derechos Humanos. Ella, sola y abrumada por tanta burocracia, pidió a su marido que la visitara, que le necesitaba a su lado. En ese inesperado viaje le sobrevino el desgraciado accidente. Se tomó unos días de descanso para viajar al domicilio de su familia en la República de Senegal, y allí, esparcirían las cenizas de su amado esposo en el lugar por él indicado…

 

… mientras viajaba, los recuerdos de infancia acudieron -impetuosos- a su mente. Se recostó sobre el asiento, cerró los ojos y dejó en libertad sus pensamientos. El primero de ellos le provocó un daño inmenso… desmedido. Recordó cuando sus padres fueron decapitados en una de las innumerables batallas exterminadoras que la guerrilla congoleña realizaba en la zona dónde ellos vivían como cooperantes.

 

Gabriela tenía ocho años y tuvo que callar un grito de dolor por temor a ser oída por aquéllos salvajes. Ella se escondió entre cuerpos inertes que fueron pasados por las armas de la forma más vil y repugnante. El contacto de una mano golpeándole el hombro le hizo desconectar de sus recuerdos. ¡Aterrizamos en Dakar en diez minutos! –le dijeron- Gracias, respondió ella.

 

Gabriela recompuso su gesto, se colocó el cinturón de seguridad y minutos después aterrizaba. A bordo de un automóvil -con su chófer habitual- siguió el camino. Abrió su maletín, y del interior de un sobre, sacó unas cuantas fotografías. Vio una foto de ella junto a sus padres meses antes de que fueran asesinados. Había otra foto con su hermana donde destacaba, sobremanera, el contraste del color de su piel y de sus cabellos. La evocación de recuerdos hizo que su mirada languideciera. Sus vidas nunca fueron fáciles pero siempre estuvieron rodeadas del amor de todos hacia todos y, a pesar de las adversidades, su convivencia, siempre compartida, resultó muy agradable. Las hermanas fueron educadas en el respeto y ayuda constante al prójimo, en la solidaridad practicada con el ejemplo, en su lucha persistente contra las injusticias. Sus padres, es decir, sus segundos padres, nunca le hicieron sentir su condición de hija adoptiva. Trataban a las niñas sin distinción y, puesto que ambas eran casi de la misma edad, su educación y preparación cultural fueron simultáneas. Gabriela siempre supo que su hermana estaba mucho mejor preparada para la realización del cargo que ella desempeñaba, no obstante, fue ella la que la instruyó con denodada paciencia hasta conseguir su objetivo; la preparación política de Gabriela para intentar, desde altas cotas de poder, luchar contra las desigualdades. Se lo debía a sus padres… y ella nunca se negó.

 

… Gabriela, que miraba a través de la ventanilla, comenzó a divisar el delta del río Saloum. Comunicó al chófer un recorrido alternativo para evitar el paso por el centro del pueblo, un pueblo de pescadores dónde el turismo estaba tomando un auge insospechado. Cuando pasaron cerca del Hotel Niominka, Gabriela giró bruscamente la cabeza y ordenó parar el automóvil. Se bajó, se acercó -con la risa dibujada en sus labios- a unas personas que charlaban animadamente, pero comprobó que estaba en un error. Había creído ver a su hermana entre aquella gente. No tenía la menor importancia, al menos, ya estaban en Dionewar… y ella lo sabía bien, el latir de su corazón y el olor a naturaleza salvaje lo delataba. Allí, el tiempo, las obligaciones y las necesidades tomaban otra dimensión.

 

El automóvil entró por un sendero de tierra cubierto de vegetación a ambos lados. Al fondo se veía la casa, y en una especie de porche, la figura inequívoca de una mujer; su hermana, ataviada con ropas vaporosas propias del lugar. Se fundieron en un fuerte y sincero abrazo y sus lágrimas de alegría se mezclaron. Después pasaron al interior…

 

En un butacón de mimbre, con vistas a los meandros del río Saloum, se sentaba Mateo…; su padre. Andaba rozando los setenta años y estaba impedido de ambas piernas como consecuencia del aterrador castigo recibido y que provocó el éxodo familiar a Senegal. A su lado, su esposa, Maisha… su madre, que aún retenía en sus ojos el brillo de antaño y que contrastaba con el color cano de su abundante cabello. El reencuentro estuvo cargado de gran emotividad. Pasaron unas horas de intensa conversación en la que los recuerdos del pasado se mezclaban con el presente y los planes de futuro. Pero allí se equivocaban. Maisha estaba gravemente enferma y desahuciada por los médicos. Padecía del corazón, un corazón roto en demasiadas ocasiones. Después de cenar, las hermanas salieron a compartir confidencias, una de ellas, un preciado regalo que Gabriela recibió de su marido antes de morir; su embarazo. Antes de irse a dormir planificaron la hora y el sitio exacto donde esparcir sus cenizas. Esa noche, Gabriela tomó una decisión importante: no abandonaría Dionewar ni a su única familia.

 

Pasaron tres meses y Maisha (cuyo estado de salud había empeorado considerablemente) solicitó a sus hijas una última visita a “su árbol”, al árbol dónde compartió con su marido horas de felicidad plena. Gabriela y su hermana aceptaron. Al atardecer, las tres mujeres estaban sentadas bajo el baobab gigante que Maisha considerada suyo… se respiraba una paz envidiable. Las mujeres, con sus manos entrelazadas, se miraban con dulzura y amor; todas callaron, todas intuyeron que aquello era el principio del fin.

 

A la mañana siguiente, Maisha amaneció muerta. Su cara no denotaba el menor atisbo de sufrimiento sino más bien de dulzura. Mateo, entre lágrimas, sostenía la cabeza sobre su regazo… y le acariciaba su tez fría y mortecina… y su cabello cano… y depositaba en sus labios un beso sellado entre sus dedos… y le prometía que muy pronto le acompañaría en su viaje al más allá… que él no resistiría la vida sin su presencia…

 

Y así fue. Mateo falleció pocas semanas después… la tristeza por la ausencia del ser amado le ayudó a morir. Antes de hacerlo, como si él hubiera escogido el día, recordó por última vez a Maisha, su gran y único amor, aquella mujer de hermosos ojos negros… inmensos… bellos… con un precioso pelo trenzado… y que tanto amor, paz y sosiego llevó a su vida.

Unidos en el dolor…

Abrió el balcón de par en par. Se asomó completamente desnudo y miró al cielo, se persignó… y echó a llorar. Mateo era un hombre joven, de 28 años, que tenía en su soledad el mayor de los sufrimientos. No aguantaba tanto dolor. No podía soportar ni la amargura ni la tristeza que le causaba el hecho de “ser distinto”… y serlo, en una sociedad etiquetadora de personas, sin embargo, su aspecto físico le tenía condenado a ser tratado como un apestado.

A los 14 años le diagnosticaron un cáncer facial. A pesar de la premura, no pudieron evitar que se le extendiera al 80% de su rostro. Recibió tratamiento oncológico basado en radio y quimioterapia. Llevaba 5 intervenciones de cirugía plástica, pero su cáncer estaba muy extendido. Los médicos le aconsejaron una última intervención; su última oportunidad.

Mateo estaba extremadamente nervioso. Cuando abrió el balcón, pensó en abandonarlo todo y dejarse caer. ¡Un final rápido! suplicaba… pero en su interior, una fuerza extraña, removía unas enormes ganas de vivir, algo que entraba en contradicción con sus peores pensamientos. Recordó a sus padres, ya muertos, que siempre le educaron en la constancia, en el esfuerzo denodado y el padecimiento que provoca la adversidad, pero sobre todo, en sacar las fuerzas suficientes para combatirlas. Cerró el balcón… se tumbó en el sofá… y se quedó dormido…

…despertó a las 6 de la madrugada. Hizo una pequeña maleta, comprobó el pasaje de avión que le conduciría a Austria y esperó el momento de su marcha.

Quince días después, los doctores descubrieron las vendas que tapaba su rostro. Fue un momento lento, ceremonioso. Mateo estaba sentado en un sillón, esperando impaciente el momento en que le acercaran el espejo… un espejo que reflejaría definitivamente su destino; tocar por primera vez el cielo o caer definitivamente en el infierno.

La última venda cayó en la bandeja. Mateo abrió sus ojos cegados durante quince días y al instante comenzó a ver destellos, primero sombras y después la imagen nítida y clara de los cuatro doctores que le rodeaban y le observaban. Por fin pusieron el espejo en sus manos. Lo alzó, y al verse reflejado en él, supo que algo distinto había pasado en aquella ocasión.

Mateo, a partir de ese día, fue un hombre distinto. Y distinta sería su vida. Y distinto su destino. No pudo integrarse en una sociedad dónde fue repudiado simplemente por su aspecto físico. Decidió romper los pocos lazos que aún le unían y se embarcó en una labor profesional encomiable. Partió en labores humanitarias a un rincón del África. Allí encontró la paz y el sosiego necesarios. Y el amor… su primer y único amor. Una mujer acostumbrada desde pequeña al dolor. Una mujer marcada por el zarpazo de la injusticia social. Una bella mujer de hermosos ojos negros… inmensos… bellos… con un precioso pelo trenzado. Su nombre; Maisha…

Maisha…


El cayuco dejaba una estela lenta, zigzagueante. Iba a la deriva, a capricho del oleaje. En su interior se percibía un olor nauseabundo provocado por la suciedad y las necesidades fisiológicas de más de 40 personas. Su travesía por la supervivencia había comenzado hacía 7 días. La desesperación, el miedo, el hambre y la sed se reflejaban en sus negras caras…
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… Maisha tenía 8 años y se acurrucaba en el regazo de su madre buscando amparo y algo de calor. Su padre, mientras tanto, le acariciaba su precioso pelo trenzado. En la oscuridad de la noche, destacaba la luminosidad de los ojos de la pequeña Maisha. Eran negros… inmensos… bellos… que contrastaban con sus deteriorados y gruesos labios agrietados por la sequedad. La noche había caído y el mar estaba muy revuelto. La fragilidad de la embarcación hacía de ella un juguete en manos de unas olas poderosas. Debido a sus continuos y violentos virajes, comenzaron a caer ocupantes al mar… uno… otro… y otro… así, hasta que el cayuco terminó por naufragar.

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La noche se llenó de gritos desesperados y llamadas de socorro. Maisha, en constante sumergimiento, subsistía gracias a un manoteo insistente. Entre aquellas aguas heladas, buscaba el contacto con sus padres, pero lo único que encontró fueron cuerpos inertes a su alrededor que aún no habían sido tragados por aquella inmensidad de agua salada. De pronto, sus pequeñas manos sintieron el contacto con una madera a la que se asió con todas sus fuerzas. Apoyó su cabeza sobre ella y comenzó a rezar… pasados unos minutos, su voz callada y el rugido de las olas, serían los únicos sonidos que escucharía en aquella fría noche…

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… la alborada trajo luz a la soledad de Maisha. Luz… pero ninguna claridad, ninguna esperanza. Lo había perdido todo, todo menos su vida. Su nombre, en africano, significaba justamente eso, “vida”… y ya ni siquiera se aferraba a ella.
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El atardecer amenazaba de nuevo. Las sombras volverían a tornarse en tinieblas e incertidumbre. La joven Maisha notaba como sus brazos y piernas padecían anquilosamiento. Bebía agua salada para calmar su sed pero le provocaba vómitos que agravaban su deteriorado estado de deshidratación. Ya no se abrazaba a aquella tabla de salvación con la misma fuerza ni con la misma fe. Estaba exhausta…

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… el rugido de motores acercándose fue lo último que Maisha escuchó. Sus ojos adquirieron por un momento su brillo habitual… después, su pequeño cuerpo se desvaneció.

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La suave y cálida voz de su hija le hizo desconectar de aquel trágico y horrible suceso. ¡Mamá! ¿Qué pasó con los abuelos? Los ojos de Maisha se inundaron de lágrimas. Perecieron hija mía. Todos perecieron. El mar se adueñó de sus cuerpos y nunca los devolvió. Yo soy la única superviviente. Maisha se puso de pie, besó a su hija y se fundieron en un reconfortante abrazo…

Maldita conmemoración...

“25 de Noviembre… ¿la conmemoración de una vergüenza social?”

Hay veces que nuestros sentidos perciben acontecimientos antes que éstos se produzcan. Y ese fue el día. A pesar de que nuestros desencuentros eran habituales, el tono de aquella discusión me pilló desprevenida. José lanzó su puño contra mi pómulo; lo hizo con fuerza… con saña… con odio…

El golpe me envió directamente al suelo. Y esa fue mi perdición. Al instante, una lluvia de patadas brutales impactaron sobre mi cuerpo. Pero tuve suerte; mucha suerte. No perdí la consciencia al tercer o cuarto golpe… perdí la vida.

Mi alma se transportó de mi cuerpo yacente y presencié –impávida- el resto de la encarnizada paliza que mi marido me propinaba. José tenía los ojos desencajados de sus órbitas mientras una segregación espumosa se acumulaba entre la comisura de sus labios. Pero seguía golpeando a un cuerpo indefenso… inerte… que ya ni siquiera se protegía…

Esa fue mi muerte. Dolorosa. Tenía 28 años. Mis sueños e ilusiones me fueron arrebatados por una de las personas que más he querido en mi vida. Mi destino me fue anticipado. Desde aquella lúgubre tumba observaré como José, en connivencia con una justicia mal aplicada, podrá rehacer su vida. ¿Pero y yo? Ah, bien… seguiré pudriéndome…