La amanecida me ha regalado ilusiones antiguas en forma de sueños. Quedé dormido sobre un banco de piedra, borracho y sin conciencia, pero he soñado que soñaba un sueño; un cuento de príncipes y princesas sin brujas ni dragones. He imaginado que vivía una vida; mi propia vida alejada del dolor y la desesperanza. Con el despertar todo se esfumó. El camión de la limpieza se llevó por delante todas mis fantasías. Mi amargura quedó nuevamente al descubierto. Mis sueños se esfumaban a través de una alcantarilla cercana. Me empecino en cambiar el rumbo de una vida que no hace más que mostrarme hostilidad, aflicción y realidades tan confusas como inextricables. Aún sin ser percibido, me incorporo del banco, tambaleante, y dirijo la mirada hacia el personal municipal, como pidiéndole explicaciones. Veo sin ver a seres abyectos a mi alrededor, que me escrutan descaradamente, comprobando que no soy nada más que un simple borracho y que no valgo más que el contenido de aquel camión cargado de inmundicias. Agacho la cabeza y me marcho. Ya no hay lágrimas que verter. Solo frustraciones. Pensamientos confusos, ininteligibles, intemperados; que sin matar, te van colocando al borde del precipicio.
Abatido, desolado, arrastrando por la vida el espantajo en que se había convertido mi cuerpo, llego al portal B del edificio dónde vivía. Elevé la mirada hacia el séptimo piso. Allí debe estar mi otro yo, el soñador que sigue y persevera en soñar los sueños, el hombre irreductible en esperanzas, lo único salvable que aún quedaba de mí. Quizás esté durmiendo. Quizás soñando. O quizás, lo más deseable; placenteramente muerto.
Suena el despertador. Las 7:30 horas. David se incorpora de la cama como un autómata. Un olor a rancio y a decrepitud inunda la habitación. Se le veía cansado, terriblemente cansado y con la sensación del aturdimiento que conlleva una buena resaca. David no entendía nada. En un rincón, sus ropas húmedas y sucias andaban enmarañadas entre botellas vacías. Olía a borrachera a pesar de tener la sensación de no haber probado ni una sola gota de alcohol, sin embargo, algo le decía que aquella situación no le era del todo ajena. Hizo un esfuerzo por recordar si aquella noche había soñado. Intentaba encontrar algún motivo que explicara todo su desconcierto. Entre dudas se dirigió al baño. Treinta minutos después, David, con el cuerpo vigorizado, aparecía por la cocina con un humeante café entre sus manos. Con pasos firmes se dirige al balcón para regar la única maceta existente; un jazmín generoso, regalo de su amada y el único vínculo con la vida y el recuerdo. Al abrir la puerta notó un aire frío impactando en su rostro. Una fina lluvia comenzó a caerle de forma insistente. Desistió del riego, pero antes de marcharse, lanzó la mirada hacia el portal del edificio. Un escalofrío de inquietud violentó todo su cuerpo. Creyó verse allí abajo. Con las mismas ropas húmedas y sucias que encontró al despertar. El gesto serio. Inamovible. Imperturbable. Restregó los ojos con sus manos en señal de incredulidad. De pronto; sin saber ni quién ni desde dónde, David oyó gritar su nombre con desesperación, un grito que denotaba una dolorosa tristeza, una soledad insoportable, un grito donde se reflejaba la imagen amarga del que sabe que ya no se tiene, del que ya no se encuentra, del que solo busca entre sueños el bálsamo que lleve consuelo a sus heridas sangrantes. Instintivamente, y casi al unísono, con el trazo de lo inevitable dibujado en su rostro, su cuerpo se lanzó al vacío...
Décimas de segundo le separaban de una muerte segura, una muerte esperada, una muerte que ansiaba y necesitaba. David se precipitaba al vacío con las alas rotas de la muerte. La taza de café cayó de sus manos. El sonido estridente de la fina loza contra el suelo le abstrajo de sus perniciosos pensamientos. La fina lluvia empapaba su rostro. Miró hacia abajo y solo sintió el vértigo del que no se sostiene, de alguien que adolece de sentimientos y emociones gratificantes, y que ha visto, en la distancia de los infiernos, como se difuminaba la única luz y el único camino hacia la esperanza.
David tenía 66 años. Dos años atrás había perdido a su esposa, a su único hijo y sus dos nietos en un accidente de tráfico del que él resultó trágicamente ileso. Solo en la vida, solo en la muerte, solo; y ahora, también sin memoria. Una maldita enfermedad le había condenado a no poder amar ni vivir entre sus recuerdos. Miró el reloj de pared y comprobó que habían pasado diez minutos de las 9 de la mañana. Después, sonó el interfono; una vez, dos veces... David, con andar cansino, descolgó el telefonillo y preguntó: ¿Quién es? Hola, buenos días, ¿Es Ud. David? Sí. Somos de asuntos sociales, tenemos que ingresarlo en la residencia geriátrica. Un suspiro lastimero se oyó del otro lado. Y un largo sollozo. Después; se hizo el silencio. Pasaron dos minutos que resultaron fatídicos. ¡David! ¿Está Ud. ahí? A través del sonido metálico del altavoz se oyó el amartillar de un revólver. El disparo sonó rotundo. Liberador. El charco de sangre comenzó a dibujar un perfecto círculo rojo; un círculo mortal, sin aristas, donde descansaba su vida, sus recuerdos, su fe, sus sueños, su amor, su esperanza...


