Año 1945. En el apeadero de una estación, a escasos metros del andén, dos abultadas maletas se posaban sobre el suelo. A sus pies, una joven de 18 años de aspecto desaliñado, esperaba impaciente la llegada del tren. Faltaban escasos minutos pero la espera se le antojaba interminable. Se refugió en su enorme bufanda dejando únicamente al descubierto parte de su rostro. Iba por su quinto cigarrillo consecutivo y su mirada estaba fijada en el deterioro reloj que pendía de una cadena mohosa y que emitía un sonido chirriante que la estaba poniendo nerviosa.

 

Al fondo, las luces del viejo y pesado tren anunciaban su llegada. Arrastró las maletas con enorme esfuerzo y esperó impaciente. En la estación no había nadie, nadie que la viera y nadie que le ayudara con el equipaje. Eran las 2:15 horas y los escasos viajeros también estarían durmiendo. Disponía, por lo tanto, de tan sólo un par de minutos para realizar –en solitario- su furtiva y rápida entrada en el tren. Un suspiro de alivio salió por su boca -entreabierta por el esfuerzo- cuando oyó el silbido del tren anunciando que reemprendía la marcha.

Sentada en un deslucido e incómodo sillón, repasó nuevamente el plan trazado. El viaje sería largo y penoso, ella estaba agotada por el esfuerzo y temió que el sueño desbaratara su “gran sueño de libertad”. Encendió un cigarro y aspiró con violencia. Miró su reloj y comprobó que faltaban 40 largos minutos para atravesar el enorme puente construido sobre el mar. Sacó de su mochila un libro y se concentró en la lectura. La joven mostraba seguridad, convicción y determinación.

 Llegó el momento. Había dos ventanas, una dentro del compartimento dónde ella estaba y la otra justo en el pasillo. Abrió ambas. Cogió el asa de una de las maletas y con un gran esfuerzo la colocó sobre una de las ventanas; elegido el momento, la dejó caer al vacío. Esperó unos instantes –perfectamente calculados- y repitió la operación en la otra ventana. Una vez se desprendió de la segunda maleta cerró la ventana. Se sentó sobre sus piernas plegadas y sollozó.

 Después de cuatro largas horas de viaje, el tren se detenía. Hizo trasbordo y continuó viaje hacia su destino final.

 En el Hospital Geriátrico de Almería tengo ingresada a mi madre aquejada de la maldita enfermedad de Alzheimer. En una de mis habituales visitas ella se empeñó en presentarme a una compañera argumentando que tenía que contarme una historia que nunca había contado a nadie. Ella cree que mi condición de periodista lleva implícita la obligación de escuchar a todo el mundo. No obstante, no pongo ninguna objeción pero sí una condición, que ella también esté presente. Y accede gustosa. Hacía un buen día, mi madre –hoy- se encontraba afortunadamente bien y nos fuimos charlando tranquilamente en dirección a un pequeño parquecito. Llegamos a un lugar dónde había una mesa de mimbre brillantemente barnizado, dos sillas de madera oscura y cuatro confortables mecedoras tapizadas en blanco. En una de ellas se encontraba la amiga de mi madre. Tenía unos 80 años, pelo blanco, abundante y bien arreglado, labios coquetamente pintados y también noté la presencia de un ligero maquillaje. En definitiva, tenía un aspecto extraordinario. Sobre sus piernas se posaba una fina manta de encaje. Una silla a motor -casi escondida- delataba su invalidez o algún problema serio para desplazarse. Antes de las presentaciones me encontré agachado depositando un beso sobre su frente; una fragancia suave y deliciosa inundó mi olfato.

 ¡La guerra hace a las personas animales y a los animales alimañas! Esa fue su primera frase. Me sorprendió tanta rotundidad. Aquello tenía trazas de convertirse en una historia interesante, saco de mi bolsillo una vieja grabadora y la pongo en marcha.

 “…La guerra nos sorprendió en una aldea de un pequeño pueblo de Teruel. Vivíamos unas 30 personas, entre ellas, mis padres, mi hermana pequeña y yo. Tuve que presenciar –junto a mi padre- como unos desalmados violaron a mi madre y hermana. Después las ejecutaron pegándoles un tiro en la cabeza. Mi padre y yo conseguimos escapar de los asesinos. Vagamos por el monte, sin mediar palabra, lo imprescindible. Pasados unos días; regresamos. Mi padre nuca superó los acontecimientos. Yo tampoco…”

Por sus ojos comenzaron a manar lágrimas de odio e impotencia. Miró hacia otro lado –como avergonzada- y continuó su relato. “…Aquello sucedió en el año 1940, una vez acabada la guerra fratricida. Mi padre era un republicano que nunca se metió en nada, ni siquiera, entre sus más allegados, se conocían sus ideales políticos. A nuestro regreso del monte, nos pusimos a buscar los cuerpos de mi madre y hermana. Los encontramos en un estado lamentable, los animales carroñeros de la zona dejaron los cuerpos casi irreconocibles; fueron sus ropas las que confirmaron su identidad, eso, y que los escasos vecinos que aún quedaban en la aldea, dijeron que fueron las únicas víctimas de aquélla fatídica noche. Yo tenía 13 años, tuvimos que enterrar -con nuestras propias manos- los cuerpos de nuestros seres más queridos…”

“…A los 18 años abandoné mi casa. Me fui a la ciudad y empecé a estudiar. Conseguí con muchísimo esfuerzo graduarme hasta que, al fin, logré entrar en la universidad. Recuerdo que era la alumna de mayor edad. Ese no fue motivo para que me sintiera avergonzada sino todo lo contrario, saqué mi licenciatura con la segunda nota más alta de todo el país. Me especialicé en biología molecular, una ciencia muy rara por aquél entonces pero que posibilitó que mi contratación fuera inmediata. Trabajé en EE.UU. Inglaterra, Alemania, Francia, Japón, India… toda mi vida la pasé huyendo de mí misma y de mi pasado. No tengo a nadie en el mundo, nunca pude –ni quise- formar una familia. Únicamente tengo el cariño que me profesa tú pobre madre enferma…” La interrumpí con una pregunta; ¿Qué fue de su padre?; me miró, se puso triste y las lágrimas volvieron a inundar sus ojos….

“…Una vez enterrados los cuerpos de mi madre y hermana nos volvimos a alojar en la vieja casona donde vivíamos y que era propiedad de los abuelos de mi madre. Aquella casa nunca volvió a tener el calor de un hogar. Mi padre se despreocupó de todo salvo de que nunca le faltara la compañía de una botella de vino. Yo me dediqué a limpiar casas, a trabajar en labores agrícolas, en todo lo que supusiera llevar unas cuantas monedas a casa para que, al menos, no faltara nunca un plato de comida. Recuerdo aquella fatídica noche en la que cumplí los 15 años. Mi padre, borracho y enajenado, irrumpió con violencia en mi cuarto. Tenía la mirada perdida, extraviada. Se acercó a mi cama, empezó a zarandearme, a golpearme. Me despojó de todas mis ropas; y me violó violentamente. Perdí la virginidad, el honor, la dignidad; todo lo perdí entre sangre y dolor, entre miedo y desesperación, entre miseria y suciedad. Cuando me acostaba, no dormía, solo rezaba. Las vejaciones, palizas y violaciones se prolongaron durante tres años, hasta el día de mi 18 cumpleaños, ese día, por fin, llevé a cabo mi plan de fuga...”

¡Clic! -Sonó la grabadora al ser interrumpida- Ella volvió a mirarme, en esta ocasión, su rostro reflejaba tranquilidad, sosiego, como si se hubiera liberado de un insoportable lastre, de un peso incapaz de aguantar durante más tiempo. ¿Y su padre? ¿Qué paso con él? ¿Se quedó solo? Tres preguntas rápidas que fueron respondidas con una frase corta, simple, escueta y sin ambages; LO MATÉ.

“…No estaba dispuesta a aguantar más. Decidí acabar con mi tormento, mi angustia, mi dolor. Faltaban 5 días para el día de mi 18 cumpleaños. Idee un plan, estaba convencida, pero sobretodo, necesitaba realizarlo. Esa noche me acosté un poco más temprano de lo habitual. Mi padre estaba terminando de beber su segunda botella de vino. Agarré un cuchillo y lo coloqué debajo de la almohada. Pasaron unas horas. Se plantó en la puerta de mi habitación. Yo, como siempre, estaba acurrucada en el fondo de la cama, esperando la feroz agresión. Ese día, mientras mi padre se acercaba, me pasaron por la cabeza la multitud de palizas recibidas, recordé el aborto chapucero al que me vi sometida y realizado por un amigo suyo, deseé desangrarme y morirme de una vez, deseé que aquél hombre jamás recibiera como pago a su trabajo, mi cuerpo, tantas y tantas veces como él quisiera. Pero ese día, el destino me reservaba una desagradable sorpresa. Mi padre se puso de rodillas al pie de mi cama, entre un llanto desgarrador me pedía perdón, vi, después de muchos años, el arrepentimiento sincero en sus ojos…pero ya era tarde. Aparté la almohada, cogí con decisión y fuerza el cuchillo y lo clavé en su corazón. Cayó fulminado y desangrado. No sentí ninguna pena, sentí alivio y liberación…”

¿Qué pasó después? -Pregunté entre intrigado y asustado- La mujer de pelo blanco señaló a un vaso de agua que había en la mesa; se lo acerqué y se lo bebió lentamente. “…En esa aldea, a nadie nos interesaba nadie. La gente se marchaba o desaparecía y nadie –jamás- preguntaba nada. Me cercioré de que el cuerpo de mi padre estaba sin vida. Cogí un hacha del pequeño cobertizo y descuarticé su cuerpo en trozos pequeños. Los fui colocando en bolsas pequeñas y -bien cerradas- los iba introduciendo en el fondo de las únicas dos maletas existentes en mi casa. Limpié con pasmosa tranquilidad toda la estancia. Me deshice del cuchillo y del hacha arrojándolos por un enorme barranco, coloqué las maletas en un carro de mano, recogí mis escasas pertenencias y me dirigí hacia el apeadero más próximo que se encontraba a unos 12 kilómetros a campo a través. Sabía el camino y la distancia perfectamente porque días antes había acudido a comprar los billetes que me alejarían de mi calvario.

Estoy en mi casa, en la habitación dónde suelo trabajar. He escuchado la cinta por quinta vez consecutiva. No me cabe ninguna duda, es la historia más rocambolesca, macabra e inverosímil que he oído en mi vida. Una cosa me queda clara, las enfermedades mentales son capaces de engendrar ese tipo de misterios en una cabeza con una imaginación desbordante. A pesar de ello, a pesar de que mi madre murió pidiéndome que ayudara a su amiga y que no la dejara sola nunca, a pesar de que hoy –un año después de la muerte de mi madre- se le ha dado sepultura al cuerpo de la anciana desconocida de abundante pelo blanco, pues bien, a pesar de todo eso, sigo escuchando la cinta y jamás me he atrevido a hacer indagaciones sobre lo relatado. Me da miedo pensar que pueda ser real…