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La Coctelera

El peso de lo liviano

La soledad es un silencio repleto de palabras.

2 Octubre 2008

Un ramo de rosas rojas.

Me sorprendió su sonrisa. Me llegó al corazón su forma de sonreír. Un escalofrío sensual recorrió mi cuerpo cuando la vi. Nunca reparé en ella hasta ese día. Deambulaba de un lado para otro con su carro de limpieza. La sobriedad de su uniforme no impedía dejar traslucir un cuerpo bien formado, incluso, a mi forma de ver, perfectamente configurado para el deleite sensual. Siempre me perdió el exceso de imaginación, una ¿cualidad peligrosa para cualquier tipo de relación personal? No lo sé, pero a mí, en mis relaciones personales, nunca me fue del todo bien. Verán, tengo 42 años, divorciado, padre de dos hijos, sin aficiones, sin vida social, una cuenta bancaria sólida, un exiliado del disfrute y un auténtico imbécil que solo utiliza el trabajo como su único refugio. Nunca entendí a las mujeres, aunque, también es cierto, nunca hice el menor intento por acercarme a ellas, comprenderlas, admirarlas, sentirlas...

Ella terminó su turno y se marchó. Eran las 6 de la tarde, cancelé mis entrevistas profesionales y corrí tras ella; a cierta distancia, observándola y contemplándola. Entró en una cafetería, se sentó en una mesa y esperó al camarero. Yo no sabía qué hacer, pero finalmente entré. Me acomodé en la barra y planeé mis siguientes movimientos; nunca escuché el latido de mi corazón con tanta fuerza, nunca experimenté un sentimiento tan placentero. La persecución furtiva me estaba proporcionando un éxtasis desconocido. Estaba absorto en mis pensamientos cuando comprobé que su mesa se encontraba vacía. Incomprensiblemente, me sentí decepcionado, rechazado y abatido. Ella no tenía ninguna culpa, otra vez, mi imaginación, iba por delante de mi mente.

El despertador sonó -como siempre- a las 6:45 horas. Me levanté expectante, sin la pereza de otros días, corrí hacia la ducha y allí le hice -a mi hermosa dama- el amor por primera vez. El pensamiento estaba desequilibrando mi existencia. Tomé el café apresuradamente y me fui al trabajo.

En el camino compré un hermoso ramo de rosas rojas. Llegué a mi despacho, comprobé en mi agenda las citas y apremié a mi secretaria a cancelar todas las de la tarde. Se quedó extrañada pero no se atrevió a contradecirme. La mañana me pasaba lenta, de una duración desmedida. No era capaz de concentrarme en mis asuntos del trabajo, solo miraba con -enfermiza insistencia- el precioso ramo de rosas rojas. Volví a dejar libre la imaginación, me sorprendí besándola apasionadamente, arrancándole con violencia el uniforme, su cuerpo tan desnudo como el mío tumbados sobre el brillante suelo de la oficina, penetrándola, poseyéndola, amándola, sintiéndola....todo en presencia de un público ardientemente enfervorizado...

¡TOC! ¡TOC! ¡TOC! Oí como alguien golpeaba en los cristales. Entró mi secretaria, me levanté y observé como su mirada se clavaba en mi pantalón y en la enorme prominencia de mi sexo al descubierto. ¡POR DIOS! ¡TÁPESE...POR FAVOR! -decía la secretaria mientras escapaba- En ese momento creí morir. Mi sueño había llegado demasiado lejos. Necesitaba excusarme con ella, esa mujer no merecía el trato que le estaba dando. Puse en orden mis ideas, dejé pasar media hora, cogí fuerzas y la llamé por el interfono: "Haga Ud. el favor de venir a mi despacho" -dije con tono serio- Se lo estuvo pensando porque tardó unos cuantos minutos en llegar. Se paró en el umbral de la puerta ya abierta; en sus ojos se adivinaba la huella de un llanto reciente. Pase....por favor. Ella entró a regañadientes, lo hizo entre avergonzada y acobardada. Lo siento...lo siento mucho; fueron mis primeras palabras... y las únicas que recuerdo...

Han pasado seis meses. Hoy me incorporé de nuevo al trabajo. Mi secretaria se despidió y mi despacho, ahora, es compartido. Mi vida profesional ha descendido unos cuantos escalafones. Oigo avergonzado como mis nuevos compañeros cotillean entre ellos. Charlan -entre risas- del padecimiento de una inventada enfermedad mental que consistía en la creación imaginada de personas que nunca existieron. Eso dicen ellos... eso creen ellos... de eso se mofan ellos... yo, mientras tanto me recupero, aguantaré el escarnio... soportaré sus desaires... y esperaré el momento en que pueda entregar el ramo de rosas rojas a mi amada desconocida...

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