Vivir en la oscuridad...

Te buscaba entre la oscuridad y el silencio de la noche. Siempre te gustó la vida nocturnal. Sabía tus preferencias, tus debilidades, tus pasiones, tus miedos… por eso, y porque andaba preocupado, decidí salir a tu encuentro.
En uno de tus refugios favoritos pregunté por ti. Nadie parecía conocerte. Aquél antro olía mal, y encima, era tremendamente ruidoso y oscuro. Una chica rubia, vestida con ropa extravagante, se apoyaba en la sucia barra. Me acerqué, toqué su hombro y ella no pareció advertir el contacto. Repetí la acción imprimiendo mayor ímpetu; mi reacción llegó tarde, no pude evitar que ella se desplomara sobre la barra.
Levanté su cabeza, un desagradable efluvio mezcla de alcohol, tabaco y vómito llegó hasta mi olfato. Intenté reanimarla sin conseguir el menor resultado. Cogí su brazo y lo coloqué alrededor de mi hombro, mis manos rodearon su cintura y nos dirigimos hacia el aseo…
La puerta del aseo estaba abierta, mejor dicho, la puerta del aseo carecía de puerta. Alguien la había destrozado de una patada. Entramos y –entre penumbras- me encontré en una reducida habitación; sucia, asquerosa, nauseabunda… olor rancio a orín, heces y vómito. Llegué a lo que creí debía ser un pequeño lavabo, saqué mi pañuelo y con él en la mano giré el grifo, lo empapé y lo coloqué en la frente de la joven.
Mis esfuerzos fueron baldíos. No reaccionaba. Decidí sacar a mi misteriosa acompañante a la calle para ver si el aire fresco conseguía tener más éxito que yo. Me encontré en el centro del bar pero allí ya no había nadie, la escasa clientela había desaparecido. El antro… estaba cerrado. Sentí miedo y frío, un miedo y un frío jamás sentido.
¿Qué hacer? Fue la primera pregunta a la que buscaba respuesta. Junté –como pude- dos mesas y sobre ellas deposité el cuerpo –aún desplomado- de la chica. Fue la primera vez que miré su rostro. Era bella; singularmente bella. En sus brazos se notaban los efectos constantes de una persona acostumbrada a pincharse. Yo, mientras tanto, seguía buscando respuesta a mi pregunta: ¿Qué hacer? …
Me pellizqué con fuerza el brazo por si aquello era producto de un mal sueño…de una pesadilla. Solo conseguí sentir dolor. Aquello era real... y decidí actuar. Puse el oído sobre su pecho para intentar escuchar su latido…nada, no escuchaba nada. Miré su boca con la intención de reanimarla insuflándole aire a sus pulmones. Tenía unos labios gruesos, prominentes, grietados, sin color… coloqué mi boca sobre la suya y expelí todo el aire que pude; lo repetí otra vez…y otra…y otra…hasta que caí extenuado sobre ella.
Todo pasó en décimas de segundo. Sentí en mi cuello como penetraban unos largos colmillos afilados, eran puñales clavándose en un cuello insensible que no sentía el dolor, mi vida es escapaba por las heridas, olía la sangre…mi propia sangre absorbida a borbotones por mi misteriosa joven. Notaba mi palidez y mi propia debilidad física, de pronto, un revoloteo de pájaros enormes con alas membranosas surgió por todo el local. Se abalanzaron sobre mí, succionando mi sangre… todo el resto de mi sangre. Antes de caer desplomado y sin fuerzas la joven ordenó parar. Después… caí en un profundo abismo.
A partir de aquél día, nunca más necesité buscarte entre la oscuridad y el silencio de la noche. Lo compartimos todo; la vida nocturnal, las preferencias, las debilidades, las pasiones, los miedos… por eso, ahora ya no estoy preocupado… ya no necesito salir a tu encuentro…


