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Terra
La Coctelera

El peso de lo liviano

La soledad es un silencio repleto de palabras.

3 Octubre 2008

Never again (Tribute a Alfred Hitchcock)

Sé que estoy despierto pero no deseo abrir mis ojos. Siento un dolor insoportable en mi cabeza. No recuerdo nada. No me reconozco dentro de aquélla cama. Tengo que hacer un esfuerzo mental si no quiero perder la cabeza. La incertidumbre, el desconocimiento y la convicción de que algo había pasado me aturdían. Me armé de valor y abrí los ojos. Observé aquélla fría y desconocida habitación con estupefacción. ¿Dónde estaba? ¿Qué me había pasado la noche anterior? Dos simples preguntas a las que no hallaba respuesta. La angustia hizo que tapara mis ojos con mis manos. Miré con pavor mi mano derecha, estaba vendada y no sabía cómo, por qué y cuándo me había ocurrido aquello.... un sollozo desesperado inundó mi alma. Intenté hacer un último esfuerzo para aclarar mi mente y poner en orden mis ideas, de pronto, la imagen de una copa de cóctel, se dibujó en mi imaginación....

Estaba en mi apartamento con una copa de cóctel vacía en mi mano. Mi estimado amigo Robert me apremiaba a vestirme. Tenía que asistir con mi amada Rachel a una recepción anunciada por la editorial que publicaba sus libros. Hacía más de 4 meses que no probaba el alcohol, a pesar de ello, una especie de torbellino, en forma de pensamientos extraños, caminaban por mi mente sin dirección determinada. El desconcierto y el caos, desde que comencé mi plan de desintoxicación etílica, formaban parte de mi cotidianidad. Miré la copa vacía y aplasté en ella mi cigarrillo. Me servía, además de cenicero ocasional, como una especie de reafirmación en mi cometido. Mi amigo se fue en el momento que sonó el timbre anunciando la llegada de Rachel; en ese momento, mis recuerdos volvieron a difuminarse....

Seguía tumbado en aquella cama extraña esforzándome por recuperar la consciencia. Miré a sus paredes y creí estar en alguna instalación hospitalaria, el dolor seguía martilleando mi cabeza con insistencia. Por la puerta de la habitación entraba una mujer vestida de blanco llevando consigo un inyectable... en ese momento, mi imagen abriendo la puerta de mi apartamento apareció con claridad.

Abrí la puerta y allí estaba Rachel, tan espléndida y maravillosa como siempre. ¿Aún no te has vestido? ¡Mira que eres lento! -dijo- dibujando una sonrisa preciosa en su cara. La rodeé con mis brazos y nos fundimos en un apasionado beso. Cuando salí de mi habitación, completamente vestido, observé como Rachel miraba con estupor la presencia de una copa de coctel en mi escritorio. No temas -dije- solo la utilizo como cenicero. Los dos abandonamos el apartamento entre risas. Al llegar al lugar de la celebración, nos abrió la puerta una joven bastante atractiva. Al fondo, el editor, un hombre apuesto y elegante, charlaba animadamente con un grupo de personas. Advirtió nuestra presencia y se dirigió con rapidez a nuestro encuentro. Recibió a Rachel con un cariñoso beso en la mejilla y a mí con un fuerte apretón de manos. ¡Te la robo unos minutos! -dijo- cogiendo a Rachel de la mano y se encaminaron hacia una habitación que cerraron tras ellos. Pasaron cinco minutos... diez... veinte... y mis celos se multiplicaban por segundos, me notaba iracundo, solo, con una copa de Martini seco en la mano, que no había probado, pero que no pude evitar coger ante la insistencia de los camareros y la extrañeza de ver a un hombre solo sin beber una sola gota de alcohol. ¡Por fin! La puerta se abrió. Aparecieron sonrientes y satisfechos. Rachel me buscaba con la mirada y yo me hice visible ante ella. Se sorprendió al verme con una copa en la mano y apresuró el paso. ¿Qué haces con esa copa? ¿No estarás bebiendo? No -dije rotundo- Los celos y la ira se habían apoderado de mi. Al pasar delante del editor me sorprendí arrojándole -con placer- el líquido de aquella copa en su cara. Rachel me miró estupefacta, incrédula, avergonzada... Yo salí corriendo de aquel edificio mientras Rachel se disculpaba de mis actos ante el anfitrión. Rachel no merecía someterse a los actos vergonzosos que su novio alcohólico y celoso le proporcionaba. Siempre seré un borracho empedernido incluso sin probar una gota de alcohol.

El timbre de la puerta volvió a sonar insistentemente, abrí, y la figura de Rachel apareció más bella que nunca. ¡No te preocupes! ¡Ya está todo arreglado! -dijo, con tono rotundo y sereno- Lo siento Rachel, -añadí avergonzado- No sé lo que pasó por mi cabeza, pero al verte con él, mi cabeza se nubló de maldad. Lamento el espectáculo y siento que este incidente repercuta en tu futuro. ¿Mi futuro? -dijo ella- mi futuro únicamente está junto a ti. Deseo casarme contigo lo más pronto posible y tener muchos hijos. ¿Casarte conmigo? ¿Aún lo deseas? -pregunté extrañado- Más que nada en el mundo -dijo ella- mientras nos besábamos con cierta ternura. La claridad, la buena fe y la ilusión aparecieron dentro de mí. Seguíamos abrazados, con nuestros labios rozándose, entonces le dije, ¿Quieres que volvamos a la fiesta? ¿Me disculparé con tu editor? Como tú quieras, no es necesario, pero si lo consideras oportuno...vayamos y demostremos nuestro amor a todo el mundo -dijo Rachel con una alegría desbordante- Cerramos la puerta y salimos con rapidez.

Con la cautela y prudencia del que se sabe culpable, volví a llamar a la puerta del edificio dónde se celebraba la recepción. Una vez dentro, buscamos con la vista al apuesto editor, lo encontramos departiendo con dos señoras algo mayores. Fueron ellas las primeras en advertir nuestra presencia, hicieron un gesto al hombre, este se giró, y cuándo nos vio, caminó directamente hacia nosotros. Antes de que pudiera disculparme él estrechó mi mano y dijo: "No te preocupes por ese incidente...no tiene la menor importancia"; a pesar de eso -dije- quiero que acepte mis más sinceras disculpas. El hombre no dio demasiada importancia a mi solicitud de perdón, cogió a Rachel nuevamente y la llevó al fondo de la habitación, ella se sentó en un confortable sillón y él en uno de sus brazos. La imagen impactó con fuerza en mi interior. Mi cuerpo se contrajo violentamente. Nuevamente solo y en medio de aquélla gente desconocida. Pasados unos minutos se me acercó una mujer de unos 40 años ofreciéndome un vaso de whisky. Lo rechacé de inmediato, a pesar de ello, ella seguía insistiendo. Empezó a hablarme de los maravillosos efectos que el alcohol le proporcionaba, que su vida sería otra si no empezaba el día con una copa en la mano...y charlaba...charlaba...charlaba; hasta que en un momento de su continuada charla me confesó su identidad: "...soy la hermana del editor...es aquél que está sentado en el brazo de aquél sillón...la joven que está sentada se llama Rachel y mi hermano está locamente enamorado de ella...parece ser que Rachel anda con un alcohólico del que solo debe sentir compasión..." Sentí derrumbarse todo mi ser, en aquellos momentos era un hombre poseído por mis peores demonios, la miré con odio, cogí su copa y la bebí de un solo trago. Vamos fuera a emborracharnos -dije con total decisión- Salimos sin que nadie se diera cuenta, al cabo de unos minutos estábamos en uno de los bares frecuentados por aquélla mujer. Tres horas después, el camarero se negaba a servirme más alcohol, le increpé, lo aparté de un empujón y cogí otra botella de whisky. Sobre la mesa había una copa de considerable tamaño y en ella vertí una considerable cantidad de alcohol. Me la volví a beber de un trago. Después otro y otro...

Ya no me sostenía en pie. Daba tumbos de un lado para otro. En esos momentos, con el último resto de whisky en mi enorme copa, apareció por la puerta mi amada Rachel en compañía de su editor enamorado. Ella vino hacia mí y me obligó a soltar la copa que tenía en la mano, se lo impedí, pero no pude evitar caerme al suelo. Cuando me incorporé, mi mano sangraba abundantemente pero aún me aferraba y sostenía en ella los restos cortantes de aquella enorme copa; ella se acercó para ver mi herida....

Sentí la aguja del inyectable penetrar por mi carne sin aplicar el menor cuidado o precaución. Miré a la cara de aquella enfermera de gesto hostil y le dije: ¿En qué hospital estoy señorita? Ella me miró y dijo con voz ronca: "Esto no es ningún hospital señor, está Ud. en la enfermería de la prisión...acusado del asesinato de una mujer"

....un grito espeluznante salió de mi garganta....

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