Esta es la historia de un muerto, de su gran amor y de su posterior reencarnación. No teman, todo está escrito en sentido figurado consecuencia de una mente extremadamente soñadora. Sin embargo, ¿No creen Uds. que podría ser una historia real? Lo dejo al criterio de su imaginación.
Hace unos días caí enfermo. Lo que empezó siendo un estornudo continuado se convirtió en el cliente perpetuo metido en una cajita de pino. Siempre pensé que una funeraria era un buen negocio, mientras que ellos solamente se dedican a los "honores", es el cliente el encargado de proporcionarle el muerto. Reconozco que físicamente no sufrí pero emocionalmente lo perdí todo. Desde los tiempos de parvulitos, sabía que aquél iba a ser mi gran amor. Así fue. Hoy, en el día de mi sepultura, he dejado, en el mayor de los desamparos, a mi amada compañera. Sola, descompuesta, con un muerto y ante una pandilla de amigos impresentables...esto último, dicho con el mayor de los respetos. Mi amor por ella era el recuerdo más sagrado que me llevaba a aquélla incómoda tumba.
El día estaba soleado, un perfecto día para ir de picnic de no ser por la incomodidad de aquél estúpido traje que algún memo, ante la ausencia de familia, decidió ponerme. Noté que el nudo de la corbata me apretaba, los calcetines estaban arrugados y la camisa tenía una mancha de carmín en el cuello; y encima, el muy imbécil me había peinado con la raya en el lado contrario....ahhh, y ni una sola gota de mi mejor Calvin Klein. Estaba muerto, ya lo sé, ¿pero había necesidad de estar encima incómodo?
Allí estaba mi amada, de luto riguroso y con los ojos enrojecidos. Le sentaba el negro de puta madre -pensé- ¡Estaba radiante! Mucho mejor aspecto que el mío, sin duda. También estaba Antonio que aún me debía 600 €, y Pedro, que el muy cabrón estaba abrazando a mi amada. ¡Suéltala imbécil!... ¡Espera al menos que me llegue la tierra al cuello!... También vi al bueno de Luis con su novia... y Paco...y Jorge...y Marisa... todos, estaban todos. Ninguno se perdió el ceremonial, no sé si porque querían cerciorarse que definitivamente me enterraban. Eso es una broma de mal gusto, pero ya se sabe, estoy muerto ¿Qué puedo perder? El responso de difunto corrió a cargo de Pedro, el sobón que seguía abrazado a mi mujer, me entró unas ganas irrefrenables de salir de allí y abofetearlo pero la maldita caja estaba cerrada a cal y canto. Nada más empezar a charlar, y de la manera que miraba a mi amor eterno, supe que aquello era más falso que un billete de 500 € con la esfinge de Bin Laden. Que si bueno...que si bonito...que si barato... ¡Por qué no te callas! -grité- al más puro y real estilo. Estaba convencido que si hubiera llegado a aquél ataúd por un estado catatónico aquél "monomierda" acabaría por rematarme. No me gustaba lo que estaba viendo, así que decidí salir de entre aquéllas maderas y vengarme. En ese momento, me concentré en mi mujer, en aquélla preciosidad de grandísimo corazón a la que siempre amé con locura y devoción, un amor basado en amarla siempre, incluso, sin entender siempre, sabía que de no estar muerto, moriría igualmente si ella me faltaba. Por encima de todo siempre estaría ella, tenía que recuperarla nuevamente para mí. El cómo dónde y cuándo sería lo de menos.
Años después, con todos los recuerdos borrados de mi mente, me reencarné en el cuerpo de una mujer joven. En las reencarnaciones no se puede elegir. La oficina de "reencarnación" en el cielo parece a la del INEM en la tierra, o coges la que te toque o te pasa el turno. Tengo que reconocer que, siendo en mi vida anterior un hombre, reencarnarme en aquel cuerpo escultural no me produjo ningún trauma. A dos días de convivir dentro de ella reconocí, además de su evidente belleza, una gran inteligencia y sensibilidad. Una tarde, paseando por el parque, me llamó la atención la imagen de una mujer sentada en un banco. Me acerqué a ella y comprobé como intentaba secar sus lágrimas. ¿Te ocurre algo? -pregunté- Ella levantó la vista, y a pesar de tener sus ojos irritados por el llanto, pude comprobar una mirada limpia y pura. Nada -me dijo- gracias por preocuparse, pero se me ha metido una mota de polvo en el ojo. ¿En los dos a la vez? Y ella comenzó a sonreír. Su sonrisa me desarmó. Desde aquel momento no pude quitar de mi cabeza su recuerdo. Su fragancia llegó a mi olfato, era olor a lo deseado, olor a lo querido, olor a lo ansiado. Aquéllos pensamientos dirigidos hacia una mujer me desarmaron. A pesar de ello, acudo todos los días al mismo parque con la intención de volver a verla. Pero todo esfuerzo ha resultado baldío.
Pasaron tres meses desde aquel primer encuentro. Allí estaba, nuevamente sentada y nuevamente en el mismo banco. Me coloqué a su lado, y con total decisión, tomé sus manos entre las mías. Noté cierto aturdimiento pero ningún rechazo. Ella me miró con una intensidad que me hico estremecer. Pero yo jugaba con ventaja, creía saber sus gustos, sus pasiones y sus ilusiones. De mis labios comenzaron a salir sinceras palabras de amor, un amor que sentía pero que no entendía. Pero me gustaba aquella situación, me atraía, la sentía en lo más profundo de mi corazón. Pasé mis manos entre su pelo y la atraje hacia mí. Un apasionado y correspondido beso se fundieron. Nunca más volví a separarme de aquélla maravillosa mujer.
Una duda me sigue asaltando ¿Por qué me estremezco cada vez que llevamos un ramo de rosas blancas a aquél cementerio? Ella parece saberlo, me mira, se sonríe...y me abraza con ternura...


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