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La Coctelera

El peso de lo liviano

3 Octubre 2008

Un largo paseo

Habían pasado tres meses desde que mi pareja me abandonó. Desde entonces, un habitual paseo vespertino acompañaba mis tardes. Ese día, el paseo se alargó más de lo esperado. Me adentré en aquél inmenso bosque absorto en mis pensamientos cuando la noche me sorprendió. Los sonidos de la noche se hacen mucho más perceptibles y más terriblemente imaginados. El característico resoplar de las lechuzas en los árboles contrastaba con el graznido lúgubre de estas mismas aves en pleno vuelo buscando acomodo en un árbol -estratégicamente situado- para la caza de insectos o de pequeños roedores. Curiosamente, a unos cuantos metros de distancia, y en mi dirección, me pareció divisar una bandada de cuervos reposando en las ramas de un árbol seco. Un escalofrío recorrió mi cuerpo; nunca me gustaron esos pájaros. Me paré, y di media vuelta. No era miedo lo que sentía en ese momento sino intranquilidad e incertidumbre. Bordeé la zona y seguí mi camino. La oscuridad era cada vez más patente, avivé el paso sin darme cuenta de la presencia de aquella maldita raíz atravesada en mi camino. Caí al suelo con rotundidad y mi cabeza fue a golpearse con una prominente piedra del lugar. Quedé aturdido durante unos minutos, la sangre brotaba por mi frente, saqué un pañuelo del bolsillo y lo apreté con fuerza. Un desvanecimiento se apoderó de mi consciencia...

Cuando desperté, un dolor terrible me acompañaba. Pájaros negros de considerables dimensiones revoloteaban de una parte a otra de mi cuerpo. Sentía el dolor de sus picos gruesos y cónicos escarbando en mi cuerpo. Observé como jirones de carne enrojecida eran engullidos por aquellos seres de aspecto tétrico. Intenté apartarlos con mis manos pero no respondían, miré de reojo hacia ellas, y comprobé como en algunos dedos ya no quedaban restos de piel ni carne. El más grande de ellos se posó en mi frente, vi como me miraba, hasta que una serie de picotazos certeros, hicieron definitivamente las tinieblas. Oscuridad, dolor, impotencia, desesperación, inmovilidad... y mi rendición...

Sentí pasar las horas lentas e insoportables. Llegó un momento en que dejé de padecer por completo. Mi boca recibió algunos cortes en sus labios y comprobé que no me impedían hablar. Me encontraba dominado por la desesperación y me puse a gritar con todas las fuerzas que disponía. La oscuridad de mis ojos no podían percibir en el momento del día en que me encontraba, ignoraba si había amanecido, si aún era de noche o, si por el contrario, aún estábamos en plena madrugada. Intenté acurrucarme entre mi cuerpo con la intención de protegerlo de otro ataque. Estaba esperando que el sonido del despertador saliera en mi ayuda en cualquier momento, que me liberara de aquel sufrimiento; pero me equivocaba, estaba en un gran error....fueron unos perros los que me despertaron de aquélla incerteza...

De pronto, me encontré sentado en el suelo de aquél árbol mientras la luz se encontraba en su punto crepuscular, cuatro inmensos perros me rodeaban. Al momento, mostraron sus credenciales en forma de mandíbulas poderosas con dientes afilados. Uno de ellos se abalanzó sobre mí y empezó a oler y lamer mis manos. Mientras lo acariciaba, los demás terminaron por confiarse. Me puse a jugar con ellos como si de un niño pequeño se tratara, saltaba, me revolcaba, me lamían.... Sólo yo sabía y era consciente del mal rato que había pasado con aquella angustiosa pesadilla. Me dirigí con los perros hacia mi coche que estaba a pocos metros de allí. Saqué del maletero un recipiente con agua y repartí el bocadillo que aún no me había comido. Después partí dejando atrás cuatro perros sedientos de amo y un ensueño angustioso.

Enfilé un pequeño desfiladero que separaba aquel bosque de las dos montañas. Un ruido en la parte trasera del coche me descubrió que uno de los perros había burlado mi vigilancia y se había instalado en mi vehículo. Fue cuando decidí adoptarlo, me apetecía quedarme con él, a fin de cuentas ¿A quién tengo que dar explicaciones? ¡Ven! -le dije a mi nuevo amigo- El animal saltó sobre el asiento del copiloto como si hubiera captado mis pensamientos, se echó sobre sus patas traseras y empezó a mover circensemente las patas delanteras... empecé a sonreír hasta que una de las patas del animal se enredaron entre el volante del vehículo; cuando intenté enderezar la dirección ya era tarde.... El coche circulaba por una de las laderas de aquéllas montañas y se despeñaba por aquél barranco.... el impacto con el suelo estuvo atenuado por la existencia de algunos árboles en su camino, aún así, sentí el crujir de todos mis huesos, y que a la postre, fueron la causa de la inmovilización total de mi cuerpo.

El perro salió por una de las ventanillas del automóvil; cojeaba ostensiblemente... Se produjo una pequeña deflagración que avanzaba en dirección al depósito de combustible, antes de cerrar definitivamente los ojos, miré al perro que se refugiaba en un lateral del barranco, a su lado, los tres perros restantes, que estaban junto a una bandada de cuervos que descansaban entre las ramas de un árbol seco...

servido por Manuel 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Cesar

Cesar dijo

Magnifico relato. Intriga y terror a raudales con un final impresionante.

Felicidades.

Un abrazo.

21 Octubre 2008 | 09:40 PM

Manuel

Manuel dijo

Gracias Cesar por pasarte y comentar.

Un abrazo.

22 Octubre 2008 | 05:05 PM

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