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La Coctelera

El peso de lo liviano

6 Octubre 2008

Rosaura y su "Virgen de Chiquinquirá"

 

Rosaura vivía como podía. Sus padres habían muerto en la indigencia y sus tres hermanos habían conseguido escapar de aquél infierno chabolista de la ciudad de Medellín, desentendiéndose de todo y de todos. Todo era cuestión de supervivencia. Rosaura, a sus 18 años recién cumplidos, era una mujer bella que solo se planteaba un objetivo: VIVIR.

Un día, vagando entre aquéllas calles plenas de miseria, fue interceptada por un grupo de hombres que la conminaron a acompañarles. No hubo violencia, pero la actitud intransigente y autoritaria de aquéllas personas no le auguraba nada bueno. La introdujeron en el interior de  un Dodge viejo y destartalado y le vendaron los ojos, al cabo de una hora, y sin mediar palabra, el automóvil se detuvo. Ella sintió como una mano fuerte le cogía del brazo invitándola a abandonar su asiento. Entre la oscuridad, caminó unos minutos. La sentaron en una silla, le quitaron la venda de los ojos y la luz incandescente de una lámpara terminó de cegarla. En una mesa había platos con comida y fruta abundante. ¡Puedes comer si lo deseas! -dijo uno de los hombres- Después salieron cerrando -tras ellos- la puerta con llave. Tenía hambre, mucha hambre y se abalanzó sobre los platos....

Pasaron 5 días sin que ninguno de los hombres dijera nada. Se limitaban a traerme comida y bebida a unas horas determinadas. Un día, la puerta se abrió y apareció un hombre de raza blanca con acento extranjero, iba vestido con un traje impecable, se quitó la chaqueta y ante mis ojos apareció la presencia de una pistola bajo su axila. No temas -dijo- Solo queremos que hagas un trabajo para la organización. Antes que digas nada -prosiguió- te advierto que no tienes otra opción, o lo haces, o mueres...y créeme, no será muy agradable para ti. Harás lo que nosotros queramos. ¿Entendido? Sí -dije con tono asustado- El hombre se sentó frente a mí. Escucha con atención -dijo- dentro de siete días vas a realizar tu primer viaje a España. Será un viaje mensual. Llevarás una mercancía dentro de ti que será recogida por nuestros hombres en aquél país. Tú no tienes que hacer nada más, a excepción, de comer, beber y ponerte guapa. Vivirás como una reina los próximos 8 meses, al final, serás recompensada con un trabajo en el lugar que elijas, y  económicamente, recibirás una sustanciosa cantidad. ¿Qué te parece 30.000 dólares?  No dije nada, bajé la mirada. El hombre se levantó y alzó mi barbilla diciéndome: "No te preocupes, si haces tu trabajo, no te pasará nada....además ¿Qué puedes perder?"

Había oído hablar de ese tipo de trabajo, mujeres que actuaban de "correo de la droga", pero jamás pensé que eso me podía ocurrir a mí. Me arrodillé y me puse a rezar una oración a la "Virgen de Chiquinquirá" pidiéndole que no me desamparara, que me diera fuerzas....

Doce horas antes de iniciar mi primer viaje se presentaron dos hombres con la mercancía que debía trasladar. Uno de ellos abrió un maletín y sacó 8 paquetes pequeños. Los colocó sobre la mesa y me ordenó que me quitara las bragas. Lo hice, pero noté una mala mirada en sus ojos. Ponte a cuatro patas y levanta todo lo que puedas el culo -dijo tajante- Cogió un paquete y empezó a introducirlo sin ningún miramiento por mi culo...un grito de dolor salió de mi garganta. ¡Hostias! -dijo- esta tía es de las estrechas. Tengo un trabajito especial para ti -dijo dirigiéndose al otro hombre- Apresúrate que tenemos poco tiempo. El otro hombre se desabrochó el pantalón, bajó su calzoncillo y sacó su polla. Yo escuchaba la conversación entre incrédula y asustada. Noté unas manos sudorosas apoyarse en mis nalgas. De pronto, noté su polla apuntando directamente a mi culo. Apreté los labios para atenuar el previsible dolor. Pero no pude, el hombre envistió con tal rudeza que un grito espeluznante salió de mi garganta. Pero él seguía, con movimientos rítmicos, destrozándome por dentro. Dos minutos después, una mezcla de semen y sangre corrían por mis piernas. Caí al suelo cuando mi mente  empezó a desvanecerse. No recuerdo nada más.

Cuando desperté, me encontré totalmente vestida. Un dolor insoportable invadía mi cuerpo. Los dos hombres ya no estaban en aquella habitación. En una silla, se encontraba el hombre de raza blanca con acento extranjero, se levantó, se dirigió hacia mí y me inyectó un calmante que paliara los efectos del dolor. Me entregó un billete de avión, una caja de pastillas, un sobre con dinero y una nota con las instrucciones a seguir. Recoge tus cosas que te llevo al aeropuerto -dijo con voz tenue- Y salimos.

Muchas horas después aterricé en Barcelona. Pasé el servicio de vigilancia sin problemas. En la salida me esperaban una mujer de rasgos orientales y dos hombres fuertes. Me introdujeron en un coche y salimos en dirección desconocida para mí. Llegamos a una casa a las afueras de Barcelona. La mujer y yo nos metimos en una habitación, me desnudé de cintura para abajo y la joven comenzó a extraer los paquetes de mi cuerpo. El dolor fue indescriptible.

Estaba en Colombia a punto de realizar mi octavo y último viaje como correo de la droga. Hasta ese momento, todo estaba saliendo bien. Tenía vestidos, dinero y nunca me faltó un plato de comida. Pero estaba sola, sin relación alguna con el mundo exterior. Mi dolorosa experiencia del primer viaje quedó atrás, ahora, solo pensaba en mi último trabajo, en recoger la cantidad económica pactada y comenzar a vivir mi propia vida.

Nunca trasladé más de 10 paquetitos de droga. Ese día, en el sitio de costumbre, conté sobre la mesa 16 de ellos. Al introducirme el último de ellos sentí un escalofrío repentino acompañado de espasmos musculares. Como consecuencia de ello, cayeron tres paquetitos al suelo. El hombre, totalmente irritado, volvió a introducirlos regalándome una violencia añadida. Cuando me incorporé, los sudores fríos volvieron a aparecer, apreté mis glúteos con fuerza porque no estaba dispuesta a soportar una vejación aún mayor. Con un escueto "estoy preparada" me dirigí hacia ellos. Pero no era cierto, mi cuerpo estaba al borde del desfallecimiento.

En pleno vuelo hacia España imaginé el fin de mi contrato como correo de la droga. En esta ocasión, entregaría la mercancía que portaba y recogería los 30.000 dólares prometidos. No tendría que volver a Colombia, me quedaría en Barcelona y emprendería una nueva vida. En esos momentos un dolor intenso se reflejó en mi cuerpo. Me levanté en dirección al servicio. Entré y cerré la puerta. Bajé mis pantalones y comprobé que mis bragas estaban humedecidas con un intenso color rojo. Estaba sangrando, la menstruación se había adelantado doce días. Tomé uno de los calmantes y me apliqué un tampón que absorbiera el flujo menstrual. Una vez terminado volví a mi asiento. Noté la mirada de una de las azafatas sobre mi nuca. Ella se acercó y me preguntó ¿Le ocurre algo señorita? No, gracias, cosas de mujeres -respondí con una sonrisa-

El último paso por el servicio de inspección se me antojó larguísimo. Una mujer policía me llevó a una habitación y me mandó desnudarme. Intenté que mi nerviosismo interior no se hiciera visible ante aquella mujer. Le dije: "Lo siento mucho, pero en pleno vuelo me ha sorprendido la menstruación". No importa, tengo que inspeccionarla de todas maneras. Al cabo de unos minutos, ordenó que me vistiera. Afortunadamente, la inspección fue rutinaria y no se empleó a fondo. Posiblemente, la visión desagradable de aquella sangre le hizo desistir.

Cuando salía del aeropuerto, entre rezos, daba las gracias a la "Virgen de Chiquinquirá" por su protección. Sentía un dolor sordo desde mi embarque en Colombia, aún así, la sensación de libertad y riqueza flotaba en mi mente atenuando cualquier forma de malestar. La mujer de rasgos orientales y los dos hombres fuertes me esperaban con la puerta del coche abierta.  Entré en su interior pensando que ese sería mi último encuentro con aquellas personas. Me desnudé ante aquella mujer y ella comenzó a realizar su trabajo. Algo no iba bien. No hacía nada más que suspirar entre protestas. El dolor comenzó a hacerse insoportable. Me presionaba en la barriga con fuerza e insistencia causándome molestias y retortijones. Sin poderlo evitar evacué ante ella. La presencia de un polvo blanco entre heces líquidas hizo pensar que alguno de los paquetitos se había roto en mi interior. Pasaron dos horas de auténtico calvario para mí. En ese tiempo, logró rescatar, con la utilización de unas pinzas enormes, 14 de los 16 paquetitos de droga. Tuvo que desistir de encontrar los 2 restantes, entre otras cosas, porque se tenía la certeza que al menos uno de ellos se había abierto. Yo no me encontraba bien. Mi cuerpo no respondía a mi mente. Estaba paralizada y no sentía nada. La mujer de rasgos orientales marcó un número de teléfono y la escuché como hablaba con alguien. Se dirigió a la puerta y dijo a los dos hombres: "He recibido la orden de hacerla desaparecer" Lo escuché todo, pero ningún músculo respondía a los estímulos de mi mente. Sabía que mi propia vida estaba en peligro pero no podía hacer nada por evitarlo. Me sentí horriblemente asustada y temerosa. Los hombres me desnudaron completamente, me despojaron del crucifijo que colgaba de mi cuello, de dos anillos, del reloj y de unas pulseras de cuero atadas a mis muñecas. Entre los dos me bajaron al sótano donde se encontraba el coche, me ataron de pies y manos y me introdujeron en el interior del maletero. Sabía lo que me estaban haciendo pero no sentía en mi cuerpo nada de lo que estaba pasando. No sentía el frío de mi desnudez ni el dolor físico de las fuertes ataduras. Estaba presenciando el desenlace final de mi vida como mera espectadora. Sin sentir ni padecer.

Los minutos que pasaron hasta que el coche se detuvo me parecieron eternos. Sentí el contacto de la llave con la cerradura del maletero hasta que la puerta se abrió. Cortaron mis ligaduras, y  me colocaron en el suelo sobre una manta sucia y asquerosa, los hombres se protegían la cara con un pasamontañas. Con la vista intenté reconocer el lugar pero no fue posible, aquello era un asentamiento de indigentes. Miré a mi alrededor, localicé un fuego procedente de un barril de hierro. Rodeando el mismo había cinco personas frotando sus manos sobre las llamas. Debía hacer frío, pero yo no lo sentía. Las cinco personas se acercaron hacia mi. Vieron mi desnudez y sus ojos comenzaron a brillar de lujuria. ¡Hacer lo que queráis con ella! -dijeron los dos hombres- ¡Esta puta lleva en su interior la droga que vosotros necesitáis! ¡Os la regalamos! ...y partieron a gran velocidad con sus caras bien ocultas.

Una semana después, los diarios se hacían eco del hallazgo del cadáver de una mujer joven. Había sido violada salvajemente y literalmente abierto su cuerpo en canal. Se encontraron restos de droga en sus intestinos.

La vida de la pobre Rosaura resumida en cuatro escuetas líneas. Ni sus continuados rezos a su devota "Virgen de Chiquinquirá" pudieron evitar la maldad, ambición y perversión del ser humano.

 

servido por Manuel 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Carmen

Carmen dijo

Espeluznante relato. Duro y crudo a la vez, con un aliciente añadido, que no puedes dejar de leerlo.

Muchas felicidades.

6 Octubre 2008 | 09:11 PM

Ruben

Ruben dijo

Desconocia la existencia de este blog. El azar ha permitido darme de bruces con él y me he encontrado el relato mas apasionante que he leido ultimamente.

Tienes mano firme, directa y bien dirigida. No ahorras delicadezas a la hora de narrar situaciones dramaticas. Y eso me gusta.

No dudes que seguire leyendote.

...y gracias por compartir esta maravilla

6 Octubre 2008 | 11:45 PM

Manuel

Manuel dijo

Agradezco a "Carmen" y "Ruben" su preciada participación en este relato.

En estos casos, a diferencia de Rosaura, nunca me siento perdido.

Besos a ambos.

17 Octubre 2008 | 12:33 AM

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