Mi amor callado.
La amé siempre, desde niños, pero calladamente. Tenía miedo a perderla si rechazaba mi amor, por eso, solo por eso, seguí junto a ella brindándonos amistad mutua. Dicen que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Y es cierto. Quizás por eso, se explica el temblor de mi cuerpo por el temor a que un día me la arrebataran, mientras tanto, mi corazón latía, acelerado de alegría, solo con verla. La necesito junto a mí. Y con eso me conformo. La amo y la quiero en silencio, es verdad, pero prefiero vivir así a vivir sin ella.
Aún seguimos saliendo con los amigos de la infancia a tomar copas. Pero el cerco se va estrechando. Cada vez somos menos. Algunos de ellos han decidido casarse y su presencia entre nosotros se hace cada vez más complicada. Pero subsistimos. Un día quedamos en un pub de los que solíamos frecuentar. Recogí con mi automóvil a mi amada amiga de su casa. Bajó a los pocos minutos tan espléndida como siempre. Sin embargo, ese día, noté en sus ojos un brillo especial. Pero callé, como siempre, con cobardía y aceleré el coche con rapidez.
A los pocos minutos llegamos al pub. Una vez dentro, vimos que el resto de amigos nos esperaban. Nos sentamos y ella pidió una botella de cava para celebrar un acontecimiento importante. Nos sorprendió a todos, yo el primero por mi cercanía con ella, pero no dijimos nada. Una vez descorchada la botella, llenó parsimoniosamente las siete copas desplegando una agradable sonrisa. Alzó la suya y dijo: "Brindo por el amor, ese amor encontrado, un amor que tenía escondido en el fondo de mi alma desde hace mucho tiempo pero que ha visto por fin la luz" La alegría se desbordó, todos reían y la abrazaban, todos menos yo. Sabía que no era yo ese hombre que la había enamorado. En mi cara se dibujó una especie de sonrisa fingida, en mi corazón, un dolor intenso que me rompió el alma. Ella se acercó a mí y me dijo ¿Tú no me felicitas? Levanté la mirada y vi sus maravillosos ojos radiantes de felicidad. ¡Claro que sí! -dije con voz entrecortada- Apoyé mis manos en su cara y deposité un beso dulce, cariñoso, tierno, romántico y le trasmití con mis labios todo el amor que siempre sentí por ella. Ella notó su propio estremecimiento y apartó suavemente sus labios de los míos. Nos miramos durante unos segundos y después la abracé diciéndole: "Te deseo lo mejor amiga mía, quiero que seas la mujer más feliz del mundo, tú te lo mereces"... mi espíritu languideció y mis ojos se inundaron de lágrimas furtivas que quedaron visibles para todos los demás.
A partir de ese día, nuestros encuentros desaparecieron. Ella parecía evitarme, no me llamaba por teléfono y mis llamadas tampoco eran atendidas. Sufría con su actitud y nuestro distanciamiento. Me pasaba las horas ausente, pensando en ella y llorando por ella. Un buen día, uno de nuestros amigos comunes me comunicó que la cosa no iba bien entre ella y su compañero, que estaba pasando momentos duros en su relación sentimental, al parecer, -dijo-, el tío es un vicioso empedernido y anda siempre entre mujeres, alcohol y drogas, no le hace ni puñetero caso, y además, la última vez que la vi, tenía muy mal aspecto... no era la chica bella y alegre que nosotros conocíamos.
Me fui a casa consternado. Había decidido abandonar el país. Solicité el traslado en mi empresa a las oficinas que teníamos en Londres para alejarme del entorno que tanto me recordaba a mi siempre amada. Y me lo habían concedido. Mi vuelo salía dentro de diez días pero no podía irme sin verla, no podía huir nuevamente y portarme como el cobarde que siempre fui.
Su móvil no contestaba, tampoco vivía en su antigua casa, llamé a su trabajo y me dijeron que hacía un mes que ya no trabajaba allí. La situación empezaba a preocuparme. Recordé que en algún sitio tenía apuntado el teléfono de la casa que sus padres tenían en su pueblo natal. Los llamé inventándome una excusa pero me contestaron que hacía más de dos meses que no sabían de ella. Me puse en contacto con los amigos comunes y ninguno sabía su paradero. Mi preocupación se tornó en desesperación. Cogí mi automóvil y la busqué por todas partes, así lo hice día tras día. Busqué y rebusqué por todos sitios, incluso, personándome en los hospitales de la ciudad. Un día, sin darme cuenta, mi tiempo se había acabado, no podía dilatar mi marcha a Inglaterra.
El taxi me esperaba en la puerta de casa para llevarme al aeropuerto. Habíamos iniciado el viaje cuándo me percaté que no llevaba el teléfono móvil. Ordené al taxista que retrocediera. Cuando lo encontré, lo introduje en mi abrigo. A los veinte minutos ya me encontraba en la ventanilla de mi compañía aérea con el billete en la mano. Instintivamente metí la mano en el bolsillo de mi abrigo y me topé con la caja de cigarrillos. Me apetecía fumar y disponía de tiempo suficiente. Me alejé buscando con la mirada una zona habilitada pero desistí y decidí salirme fuera. Escuché un pitido corto y agudo característico del móvil. Lo abrí y comprobé que tenía una llamada perdida realizada desde un número desconocido. Lo volví a cerrar y encendí mi cigarrillo. Estaba aspirando el humo con ansiedad cuando volvió a sonar el mismo pitido corto y agudo. Pero no le hice caso. Seguí fumando hasta que lo consumí totalmente, después volví a entrar en el aeropuerto y me dirigí hacia la puerta de embarque.
Apenas faltaban quince minutos para que comenzara el vuelo. Abrí el móvil para desconectarlo y me indicaba que tenía cinco mensajes, todos realizados desde el mismo número y todos coincidentes con el de las llamadas perdidas. Abrí el primero de ellos: "GUARDIA CIVIL: Señor, necesitamos que se ponga en contacto con nosotros a este mismo número a la mayor brevedad posible. ES URGENTE" El corazón me dio un vuelco. Sin apenas tiempo, marqué el número pero problemas de cobertura me impedían realizar la llamada. No sabía qué hacer. Miré a la azafata con desesperación y le dije que tenía que realizar una llamada urgente. Salí corriendo hacia una de las cabinas y llamé; habían encontrado el cuerpo de una mujer en un descampado con una jeringuilla colgando de sus venas, entre sus escasas pertenencias, encontraron mi nombre junto a mi número de teléfono. Estaba ingresada en un hospital en estado grave. Cuando colgué el auricular ya sabía lo que quería hacer.
Tres meses después estábamos en la casa que sus padres tenían en su pueblo. Era un pueblo situado en la montaña, alejado de todo y de todos. Abandoné mi fulgurante carrera profesional, vendí todo lo que tenía, pero no abandoné a mi amada amiga. Había contraído una enfermedad grave, tan grave que no tenía posibilidad de curación. Cuando la encontraron apenas tenía carne en sus huesos, estaba embarazada de dos meses y con dependencia del alcohol y las drogas. Le practicaron un aborto de urgencia y le pusieron un tratamiento de por vida. Yo me convertí desde el primer día en su enfermero, yo era el que la lavaba, el que la vestía, el que le daba de comer... notaba como sus ojos, día a día, iban recuperando aquella mirada dulce y cándida de antaño. Un día, después de un largo tiempo, me habló por primera vez. Sentí una terrible punzada en mi corazón cuando oí de su boca el nombre de su compañero. Ella seguía queriéndolo. Y yo queriéndola a ella. Por eso me resigné. Yo no estaba allí para obtener una recompensa que no me correspondía, estaba allí por el amor que sentía por ella.
Hoy, dos semanas después de su entierro, en la soledad de mi habitación, me vienen los recuerdos. El recuerdo de los primeros años de colegio, el recuerdo de nuestra juventud, el recuerdo de mi primer beso de amor, el recuerdo de su estremecimiento entre mis brazos, el recuerdo de una mirada suave, del color de sus ojos, de su belleza... y no tengo duda, fue mi amor, mi gran amor, mi único amor....y así será, incluso, hasta después de su muerte.





esperandote dijo
Cuando leo tus relatos no queda en mi nada sin inquietarse, sorprenderse, emocionarse o estremecerse.
Tus lecturas crean una sana adicción.
Preciosa historia, ¿existirán amores como el del protagonista en la vida real?
8 Octubre 2008 | 05:26 PM