Tengo una curiosa debilidad. Escribo una especie de diario donde relaciono los nombres de las personas a las que he despedido a lo largo de mi carrera empresarial y otro, con las personas a las que he hundido económicamente. Son como una especie de muescas en mi revólver de las que me siento especialmente orgulloso. Aquél día salí de mi casa de la sierra madrileña añadiendo a mi lista el nombre de cuatro sirvientes despedidos. Resultaba excitante ver como la lista aumentaba al tiempo que mis remordimientos decrecían. Tenía la necesidad de seguir comiéndome el mundo. Cuando cumplí los 24 años ya había ganado mi primer millón de euros, hoy en día, 20 años después, mi fortuna en metálico puede superar perfectamente los 100 millones de euros. Era feliz porque lo poseía todo y en el momento que quería tenerlo. Abrí la cochera y ante mí aparecieron una flota de vehículos impresionante; 3 deportivos, 5 berlinas de lujo y 4 todoterrenos. Me decidí por uno de los deportivos y salí a toda velocidad. Miraba por el retrovisor y veía que, aún alejándome, aquella inmensa extensión de terreno no desaparecía de mi vista. Una casa de 2000 metros construida en un paraje paradisíaco sobre una superficie de 25000 metros.

Conducía con prudencia por aquel camino ligeramente pavimentado que me hice construir. A la  salida de una curva, y justo en el centro del camino, vi un cuerpo tendido sobre el suelo. Lo esquivé y seguí mi camino. No podía retrasarme, el trabajo me esperaba y cada minuto perdido suponía una pérdida económica. Y me olvidé completamente del asunto.

Dos horas más tarde, con los bolsillos repletos de dinero fácil y poco escrupuloso, regresaba a casa. Salí de la carretera y tomé el desvío hacia mi trozo particular de sierra madrileña. Minutos después, me enfrenté de nuevo con aquella curva y me vino a la mente la imagen de aquél cuerpo tendido. Pero ahora no había nadie. Sin saber muy bien por qué, en una inmensa recta, perdí el control de mi deportivo. El coche se despeñó por un barranco a toda velocidad, sentía los fuertes impactos sobre su chapa reforzada, pero aún así, comprobé como se iban retorciendo convirtiendo el vehículo en un amasijo de hierros. Solo recuerdo el golpe final seguido de una intensa llamarada.

Cuando desperté, mi cuerpo se encontraba fuera del coche que aun continuaba ardiendo. Noté un dolor intenso en todo mi cuerpo. Intenté moverme pero mis piernas no obedecían. Pensé que la situación era desesperada. Al problema de inmovilidad había que sumarle que aquello era una propiedad acotada y el acceso estaba prohibido en todo el término, por lo tanto, sería prácticamente imposible que alguien me encontrara en el fondo de aquel barranco. Y lo peor de todo, nadie echaría en falta mi ausencia.

No tenía conciencia del tiempo que llevaba allí tumbado pero tenía necesidad de beber, de humedecerme levemente los labios. De pronto vino a mi cabeza el cuerpo tumbado sobre el suelo y mi miserable huida sin prestarle el menor auxilio. Aquél cuerpo empezó a tomar forma, era una chica muy joven, de escasos 15 años con larga melena rubia y cara angelical. Comencé a oír como una voz angustiada gritaba: ¡Ayúdame! ¡Socórreme! Cerré los ojos con fuerza hasta que la imagen se desvaneció.

Abrí los ojos lentamente, como si temiera encontrar nuevamente la imagen de la joven. Abrí y cerré los ojos en tres ocasiones, incluso necesité frotarlos con mis manos; pero fue imposible. La joven, la misma joven que había visto tumbada sobre el suelo estaba a escasos cinco metros de dónde me encontraba. Ella sacó un pequeño frasco y me lo ofreció. Bebí su contenido y me sentí reconfortado, desaparecieron la sed y el dolor. ¡Ayúdame! ¡Socórreme! -Dije- no puedo moverme. Te ofrezco todo lo que poseo a cambio de ayuda. La joven le miraba compasiva, pero no articuló palabra alguna. ¡Por Dios! ¡Apiádate de mí! -volví a decir- Prometo legarte toda mi fortuna si me ayudas. La joven se levantó y chasqueó sus dedos. Al momento, mis piernas recuperaron la movilidad. Me levanté con una sensación de placidez como si aquello nunca hubiera ocurrido. Una sonrisa enigmática se dibujó en mi rostro. Jamás me resultó tan fácil engañar a un ser humano y aquella joven había resultado ser demasiado inocente y confiada. Un nuevo chasquear de dedos retumbó en mis oídos. Miré hacia la joven pero ella no estaba, miré hacia el vehículo y vi como mi cuerpo se consumía bajo la fuerza de las llamas....

 

De aquel hombre y de su inmensa fortuna... jamás se supo nada.