Era un anciano de edad impredecible. Vivía solo, en una casa antiquísima que se encontraba en estado ruinoso. Allí vivió él, con su esposa, y sus ocho hijos, y ninguno le sobrevivió. Anteriormente, vivió su padre, su abuelo... y así, desde que uno de sus antepasados, allá por el año 1800, la construyera con sus propios medios. Sus manos llamaban poderosamente la atención. Estaban ennegrecidas y curtidas por los más de 70 años de trabajo constante en la ya desaparecida plantación de algodón. Sus arrugas eran como surcos profundos que recorrían todo su cuerpo. Él, mantiene  que es descendiente del conquistador y explorador español Hernando de Soto, al que se le atribuye, entre otras cosas, ser la primera persona que avistó el Río Mississippi. Lo cierto, sea esto real o falso, es que él hablaba español a la perfección y su casa estaba situada en ese estado americano, dos coincidencias simples pero que le servían para mantener una interesante conversación; aunque fuera fabulada. Ahora vivía alejado del mundo y separado de todo.

Una vez al mes, en una especie de carro arrastrado por un caballo albardón, viejo y cojo, se acercaba al pueblo en busca de provisiones. Ya necesitaba poco alimento pero nunca faltaba en el cargamento  una generosa ración de picadura de tabaco para su antigua pipa  de madera con boquilla de marfil de la que presumía en su soledad.

Una noche, sentado en su vieja hamaca en aquel vetusto porche con barandilla de madera carcomida, apareció un hombre entre la oscuridad. Era de raza negra, fuerte, inmensamente alto y con aspecto inmundo. Se le acercó cauteloso y temeroso... tras él, su niña pequeña, lo único que le quedaba de familia y que tan solo llevaba por vestido unos harapos mugrientos. El anciano, sin levantarse, hizo una señal de acercamiento a aquel hombre. Y le hizo caso, se acercó, temeroso por el recelo que el color de su piel levantaba por aquel lugar. No temas. Acercaros los dos. No tengáis miedo... aquí no os pasará nada -dijo el anciano con voz firme-

Meses después, la relación entre ellos era maravillosamente humana y de perfecta armonía. El anciano ofrecía  protección y seguridad, a cambio, recibía cariño, atención y consuelo. A la niña  se le veía feliz. Le encantaba las historias que aquel hombre de manos arrugadas contaba. El hombre alto y fuerte se dedicaba a todas las tareas domésticas, incluso dio vida a un pequeño huerto que había sido abandonado años atrás. Pero no todo iba a transcurrir por senderos de felicidad. La situación de pobreza y racismo en la región iba empeorando por momentos. Quizás por eso, el anciano nunca permitió que el hombre de raza negra le acompañara al pueblo. A pesar del trato invisible que él hacía de sus inquilinos, en el pueblo comenzaron a oírse ciertos rumores, sobre todo, a consecuencia del aumento de víveres entre los que siempre incluía doble ración de picadura y alguna que otra botella de bourbon. Todo demasiado anormal en la mente de esas personas que solo vivían instalados en el odio y la envidia. Y a ellos, del anciano, no le gustaba nada. En particular, desconocer la procedencia económica para su sustento. Lo intuían rico y sin familia, un buen botín para los desaprensivos sin escrúpulos, o sea, casi todos los habitantes de aquel pueblucho de mala muerte.

Las cosas iban transcurriendo con cierta normalidad hasta que un día el anciano calló enfermo. Necesitaba medicinas para bajar su estado febril. El hombre cogió un poco de dinero del bolsillo del anciano y se dirigió con paso firme en busca de algún remedio médico. Cuando llegó al pueblo, la gente lo miraba con odio. Pero su paso no decreció. Siguió andando con decisión hasta que encontró una especie de almacén dónde se distribuía la medicina que había ido a buscar. Al principio, el tendero se la negaba, hasta que el hombre de raza negra se le acercó y mostró unos músculos poderosos dispuestos a cualquier cosa. A su salida, una multitud exacerbada le esperaba en la puerta. Le hicieron un pasillo tan estrecho que escuchaba los latidos de aquellos corazones excitados por la visión del color de su piel. Le escupieron, le insultaron, le zarandearon...aún así, su imponente físico se hizo respetar ante los más beligerantes. Al grito de  ¡Ya te daremos lo que te mereces! ...  ¡Negro de mierda! Se fue alejando de aquella peligrosa muchedumbre.

Cuando el hombre llegó a la casa se encontró a su hija aplicándole paños húmedos al anciano que respiraba con dificultad. Preparó la medicina, un ungüento de desagradable olor y un líquido oscuro y espeso que el anciano tragó con dificultad. Dos horas después, el hombre, con su hija en el regazo, estaba sentado en el porche. Intuía acontecimientos. Los percibía. No en vano, aquella situación la había vivido en múltiples ocasiones. En una de ellas, asesinaron a su esposa y a cinco de sus seis hijos. Encendió una pipa, acarició el cabello de su hija....y esperó.

A lo lejos se divisaba una tenue luz. Poco a poco, la luz iba tomando fuerza. Antes de darse cuenta, una docena de hombres ataviados con túnicas blancas y sus caras cubiertas con una capucha de igual color, rodeaban el lugar portando antorchas. Comenzaron a proferir gritos y maldiciones mientras se acercaban poco a poco. El hombre llevó a su hija al interior de la casa y le ordenó que saliera por una de las ventanas y huyera. La hija le miró con ojos tiernos y dulces, su mirada era limpia y pura. Se abrazaron con fuerza. A los dos minutos, se plantó en el porche, haciéndoles frente, a fin de cuentas, él era el objetivo de aquella jauría de seres hambrientos de muerte y venganza, un odio basado y argumentado en un simple color.

Estaban a escasos 30 metros. Habían cambiado los gritos por un silencio triste y grave. Se reunieron formando una especie de semicírculo; y esperaban, ansiosos, cobrarse aquella preciada pieza de color azabache. El hombre, con los brazos en alto, se acercaba lentamente. De pronto, el silencio de la noche se llenó del ruido ensordecedor del disparo de una escopeta. El hombre giró la cabeza y vio al anciano apoyado en la baranda del porche con la escopeta apuntando hacia aquéllos hombres vestidos con ridículas túnicas blancas. ¡Ven hacia aquí! -dijo el anciano al hombre de brazos en alto- Y dirigiéndose a ellos dijo: "El que pretenda hacer daño a este hombre tendrá que matarme antes". ¡Marchaos de aquí! Resultó increíble la rotundidad de esa voz en un hombre de tan avanzada edad. Pero consiguió su objetivo. Giraron sobre sus pies y abandonaron aquella propiedad. Uno de ellos, antes de marcharse, se despidió con un ¡Ya te cogeremos negro bastardo!...

El anciano se desplomó. Aquel hombre lo cogió entre sus fuertes brazos y lo metió en la cama. La fiebre continuaba. Miró a su alrededor, y su pequeña estaba allí, no había escapado. Fue hacia ella, le extendió su mano, y la atrajo hacia él. Se fundieron entre besos, abrazos y llanto.

Dos semanas después, con todo en calma y el anciano recuperado de su enfermedad, sucedió lo previsible. El calor era sofocante aquella noche. La pequeña escuchaba con atención las historias que le contaba aquel anciano, un anciano al que nunca había conocido, pero del que sería difícil olvidarse. Los dos hombres fumaban y bebían en total sosiego. Se respiraba paz y calma. Y ese detalle, en esta ocasión, al hombre de raza negra le pasó inadvertido. Y después, ya fue tarde. Una lluvia de antorchas volaron sobre la vieja y destartalada casa de madera. El fuego y aquellas secas maderas actuando de combustión hicieron que en dos minutos todo estuviera inmerso en llamas. El anciano trató de levantarse para ir en busca de la escopeta pero un certero golpe en su cabeza le dejó sin sentido. La niña huyó en dirección a la maleza pero cinco encapuchados cortaron su salida. La golpearon sañosamente y la desnudaron. Uno de ellos, morbosamente excitado ante aquella desnudez infantil, se abalanzó sobre ella y la violó; después otro, y otro, y otro.... La pequeña aún no había cumplido los doce años de edad. Mientras tanto, a su padre, atado de pies y manos, aún le quedaba por pasar algo mucho peor. Le obligaron a presenciar el maltrato y violación de su hija, vio como una de aquellas bestias golpeaba la cabeza de la pequeña con una barra de hierro. Vio, impotente, como la cogían por brazos y piernas y la arrojaban al interior de aquella casa convertida en brasas. Igual hicieron con el anciano. Todo en presencia de aquel pobre hombre que cometió el delito criminoso de nacer con un color de piel inaceptable. Después lo azotaron con crueldad, cortaron trozos de su piel negra con enormes cuchillos romos preparados expresamente para la ocasión, para no regatear en sufrimiento. Hicieron hendiduras por todo su cuerpo. Él quería morir, pero desgraciadamente era un hombre fuerte al que ninguno de los presentes le oyó el menor quejido de dolor. Y eso les ponía aún más furiosos. El intenso fuego permitía verlo todo con claridad. Uno de los encapuchados llevada prendida en el pecho una vergonzosa estrella de sheriff, él ordenó que echaran una gruesa soga entre las ramas de aquel árbol ancestral y milenario. Colocaron al hombre de raza negra en lo alto de una silla con la soga al cuello, y retiraban la silla, pero antes de que muriera, lo volvían a colocar en lo alto de ella... lo repitieron, con crueldad inefable, en innumerables ocasiones, hasta que por fin, su cuello se rompió.

Tres días después, con el cuerpo aún balanceándose en aquel árbol,  llegaron las autoridades del Estado. Todo estaba claro, aquél maldito "negro" había violado y matado a una niña pequeña y asesinado al anciano para robarle. El veredicto de la "justicia" fue rotundo. El ajusticiado recibió lo que se merecía. A la semana siguiente, nadie recordaba lo ocurrido.