Aquel día marcaría definitivamente su vida. Sofía, absorta en sus pensamientos, no prestó la atención necesaria a aquella línea de envasado. Un descuido... y su mano izquierda quedó aprisionada entre hierros. La rápida intervención de una compañera de trabajo parando aquella máquina no pudo evitar el desastre. Tardaron dos horas en liberarla.

Meses después, se presentaba ante sus compañeros de trabajo. Ella era consciente de que su deficiencia física sería un obstáculo que impediría su contratación en el mismo puesto de trabajo, a pesar de ello, albergaba la ilusión de ser reubicada en cualquier otro sitio de aquella empresa a la que le había dedicado gran parte su vida. Su incapacidad laboral estaba retribuida pero no en la cuantía necesaria, por lo tanto, estaba obligada a recuperar su estatus en la sociedad, en estos momentos, el de empleada lisiada de una fábrica.

La negativa a contratarla sonó como un cañonazo en su cabeza. Antes que las lágrimas cayeran por sus ojos, se marchó... para nunca más volver. Su orgullo, herido y pisoteado, fue en aquella ocasión superior a sus necesidades.

Sus compañeros de trabajo, en un gesto conmiserativo, reunieron una cierta cantidad de dinero que una amiga de Sofía se encargó de entregarle. Días después, su marido se encargaría de dilapidarla entre juegos de azar, alcohol y prostitutas. ¡Como siempre!

Sofía era una mujer fuerte, quizás por eso (o por cobardía) aguantaba las canalladas de su marido. Nunca comprendió qué fue de aquel hombre cariñoso y comprensivo que ella conoció. Se había convertido en un completo desconocido para ella, un energúmeno de bellos ojos azules, aún así, no encontraba la forma y el momento para desembarazarse de él. Además, aunque pudiera, ¿dónde iría? En sus relaciones personales habían desaparecido los sentimientos, ella se limitaba a consentir sus constantes caprichos e imposiciones y a asumir, en silencio, su desgraciada vida, una vida llena de amargura y en la que nunca consiguió reunir las fuerzas suficientes para escapar.

Los días pasaban y Sofía se acomodaba como podía a su situación. No era fácil, pero lo consiguió. Trabajos ocasionales paliaban su déficit económico. Pero, a sus 40 años recién cumplidos, la vida le deparaba una sorpresa, una maravillosa sorpresa jamás soñada ni imaginada.

Eran las 7 de la mañana cuando sonó el despertador. Su marido, como siempre y después de sus habituales borracheras, dormiría hasta altas horas. Se levantó, se puso su mejor ropa, y después de muchos años, se pintó los ojos y los labios. Sofía se miraba al espejo y no se reconocía. Aún conservaba su belleza y una espléndida figura. Salió de aquélla prisión con una pequeña maleta llena de nada y vacía de sentimientos. Cuando cerró la puerta, se sorprendió entonando una canción de la infancia...

... era martes, y había amanecido un día precioso. Se encaminó hacia la estación de autobuses. Sacó un billete hacia un lugar lejano. Se sentó en su asiento y esperó. Horas después, alegremente recostada, se llevó su mano a su vientre. En su interior sentía ya la presencia de una nueva vida. Y no estaba dispuesta a desperdiciar esa maravillosa oportunidad...