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La Coctelera

El peso de lo liviano

La soledad es un silencio repleto de palabras.

14 Noviembre 2008

La Inclusa de Madrid.

La vida es muy complicada para vivirla, está llena de insatisfacciones, frustraciones, soledades, desengaños y algún que otro acontecer agradable. Recuerdo un dicho popular que decía: "Preocúpate en buscar alegrías que las penas vienen solas y sin llamar"  o algo así.  Esta introducción me sirve para contarles la historia de Miguel, un hombre que nació para sufrir. Lean con atención.

En el año 1959 se recibió en "La Inclusa" de Madrid, a través de su torno, un cesto con un varón recién nacido que había sido abandonado. Era el 29 de septiembre, festividad de San Miguel. No es difícil adivinar, por lo tanto, el origen del nombre de mi protagonista. Alguien denominó "La Inclusa" como una especie de "necrópolis infantiles"... y no creo que le faltara razón. Pero no me quiero desviar del tema entrando en detalles, así que me ceñiré a mi historia, que no es otra que la vida de Miguel.

A la semana de su acogida ya se temió por su vida. Ante la escasez y calidad del alimento el niño pasó a ser alimentado por una de las muchas nodrizas con las que contaba La Inclusa. Y lo superó. Pasados unos meses el bebé tenía un aspecto saludable. La Madre Luisa le visitaba todos los días, lo cogía entre sus brazos, lo alimentaba y lo dormía. Se había encariñado mucho con aquél niño de aspecto saludable pero que llevaba dibujado en su rostro la tristeza. Nunca le faltó a Miguel la caricia de la Madre Luisa, nunca, pero un día, una terrible enfermedad se la llevó definitivamente. Por entonces Miguel debía tener 5 o 6 años.

Los expedientes de adopción se tramitaban a cuentagotas. Aún así, Miguel pasó a formar parte de esos  elegidos... de los afortunados. O esa creía él.

En el año 1974 su padre adoptivo lo mandó a cultivar la tierra. Le entregó un apero de labranza, una mula vieja... y poco más. Pero aquellas tierras eran incultivables, aquello era un pedregal. Habitaba en solitario una casucha donde entraba el frio, la lluvia y el calor por todos sus rincones. Descansaba sobre un camastro destartalado con un colchón infesto, mantas roñosas y sábanas ásperas y zurcidas que le eran cambiadas mensualmente. Aún así, Miguel, con tan solo 15 años, hacía su trabajo lo mejor que podía. Su padre adoptivo le visitaba para entregarle víveres y mostrarle -siempre- su descontento. Insistía en que debía esforzarse mucho más, y que si conseguía su objetivo, sería recompensado económicamente.

Miguel trabajaba de sol a sol. Estaba exhausto, pero su trabajo estaba dando resultados. A pesar de leer con dificultad, había encontrado en los libros el amigo que nunca tuvo, la chica a la que nunca besó. Por las noches, se recostaba en el camastro... y a la luz de un candil... leía... y soñaba despierto...  imaginando una vida paralela a la suya.

A finales del año 1975 su vida cambió de repente. Su padre adoptivo lloraba la muerte del dictador y amenazaba a Miguel con la teoría de unos tiempos convulsos. Cuando visitaron el pedregal, Miguel vio en el rostro de su padre una sonrisa de agrado. Su primera sonrisa. Se volvieron a la casucha y le entregó una talega de tela basta con algo abultado en su interior. Ten, esto es tuyo -le dijo- todo trabajo tiene su recompensa.

Cuando Miguel quedó solo, la abrió. En su interior había 25.000 pesetas, dos libros, dos paquetes de Ducados y la foto de una mujer. Le dio la vuelta y leyó: "Esta es tu madre, se llama Mercedes Expósito y aún vive" Su corazón ni siquiera se estremeció. Cogió uno de los libros, encendió su primer cigarrillo y empezó a leer.

A la mañana siguiente veía las cosas de otra manera. Le surgieron deseos de conocer a aquella mujer, su madre, solo por la necesidad de unir lazos de amistad y cariño con alguna persona. Su soledad le estaba haciendo demasiado daño. Ya no le bastaba con entender aquello que leía, en su interior crecían nuevas inquietudes, quería amar y ser amado, quería sentir y ser sentido, deseaba llorar y reír... pero hacerlo en compañía de alguien.

Llegó a un acuerdo con su padre. Plantaría árboles frutales, los cuidaría, recogería su cosecha y después se marcharía a la capital. Y todo pasó así... pero también pasaron 6 larguísimos años...

A finales del mes de noviembre de 1981 su trabajo concluyó. Por la noche abrió una especie de baúl pequeño que su padre adoptivo le entregó a modo de finiquito. Había dinero, mucho dinero. Cuatro libros y una radio. También había objetos personales que no identificaba. Al fondo había un sobre manuscrito dirigido a Miguel. Lo abrió, leyó la carta con tranquilidad y la volvió a guardar en el sobre. Se entristeció tanto que no pudo evitar que unas lágrimas cayeran sobre su propio nombre impreso... la tinta empezó a emborronarse... hasta que quedó completamente desdibujada...

Esa noche fue muy larga, apenas pudo conciliar el más leve sueño. La amargura, el dolor, la tristeza y su futuro le provocaban una ansiedad terrible. Le atenazaba un fuerte dolor en su pecho y su corazón. Sentía como un frio helado corría a través de su cuerpo. Buscó cobijo en su camastro. Quería encontrar el calor que siempre le faltó en su vida. Pero no lo consiguió, nunca lo encontró; ni siquiera en la fantasía de un sueño. Se guareció entre mantas y cerró los ojos...

Cuando el sol empezó a entrar en la habitación, Martín se levantaba. Parecía contento, decidido, ilusionado. Se vistió, cogió todo el dinero, un libro y algunas cosas personales. Hizo una especie de hatillo y se marchó rumbo a la ciudad. A las 10 de la mañana, desconcertado por el bullicio de la gente  y los automóviles, llegó a su destino. Estaba cansado y tenía hambre. Entró en un bar, se sentó y esperó a que le atendieran. Miguel estaba encantado, la gente entraba y salía dándole los buenos días, el camarero entabló una pequeña conversación con él, parecía como si su integración en una sociedad desconocida no le resultara difícil. Terminó de desayunar, pagó y se marchó. Comenzó a andar, sin rumbo, por una ciudad que no le era hostil. Se quedó parado delante de un escaparate de ropa. Entró y se vistió con un traje impecable, metió sus pertenencias en una lujosa bolsa de papel y se deshizo del hatillo. Miguel parecía otro, estaba eufórico. La gente, a su paso, le saludaba sin conocerlo, y eso le agradaba enormemente. A l mediodía, se sentó en una terraza y se tomó su primera cerveza. Enfrente, una reunión de jóvenes de edad parecida a la suya, le miraban. Se levantaron y se dirigieron a la mesa de Miguel, lo saludaron y él les invitó a sentarse. La sintonía era extraordinaria o milagrosa. Iba por su tercera cerveza cuando sus acompañantes le invitaron a comer a un restaurant cercano. Él no se opuso. De camino, una de las muchachas componentes del grupo, le cogió de la mano. Notó su rudeza pero calló, siguió paseando alegremente y Miguel, quizás influenciado por los suaves efectos de le cerveza, le hizo a su joven desconocida, una especie de caricia en su mano. Miguel notó en su interior un sentimiento placentero y desconocido. Todo transcurría a la perfección. Probó comidas inimaginables, bebió vino, y reía. Una vez terminada la comida, a uno de ellos se le ocurrió visitar una sala de fiestas. Cuando entró en aquel local, sus ojos brillaron por la emoción. Al cabo de unas horas, el exceso y la falta de costumbre con el alcohol, le hizo tambalearse y cayó, sobre la misma joven que le cogió de la mano, que estaba sentada en un cómodo sillón de cuero. Ella le dijo que sería mejor marcharse. Y los dos salieron -a hurtadillas- de aquel local. Se dirigieron a un hotel y alquilaron una habitación. Miguel, a pesar de su estado, era plenamente consciente de todo. Ella se dirigió al aseo, llenó la bañera, desnudó a Miguel y lo metió dentro. Su primer baño. Hicieron el amor y después durmieron.

A la mañana siguiente, Miguel se despertó sin compañía. ¿Habría sido todo un sueño? -se preguntó- Pero no, cuando entró al aseo, el baño aún estaba lleno y con restos de espuma. Junto a su ropa interior se encontraba la de una mujer. Y sonrió. Y se sintió feliz por primera vez. Se vistió, se marchó de allí y puso rumbo a su casa para recoger el resto de pertenencias. No quería perder la foto ni la carta de su madre.

El camino de vuelta lo hizo con alegría, sabía que su destino no estaba en aquella casucha inmunda a la  que su padre adoptivo le condenó. Buscaría trabajo, buscaría a aquella joven de la que desconocía su nombre, y emprendería un nuevo rumbo.

Después de horas de camino, por fin llegó a la casa. Abrió la puerta, miró a su interior, y su corazón se convulsionó. Su cuerpo, entre mantas roñosas, yacía sobre un colchón infesto dentro de un camastro destartalado. Miguel murió aquella noche de finales del mes de noviembre de 1981. Murió de pena, de tristeza, de soledad, de amargura. Su corazón se convirtió en su mejor amigo y aliado. Antes de estallarle y hacerse añicos dentro de su pecho, le regaló con un sueño... su gran sueño... el sueño de su vida...

 

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7 comentarios · Escribe aquí tu comentario

arwen7

arwen7 dijo

uffffffffff Manuel, tus finales me traen por el camino de la amargura (nunca mejor dicho)...

un texto real, profundo, generoso en detalles....

Abrazos.

14 Noviembre 2008 | 05:01 PM

Manuel

Manuel dijo

Acojo con satisfacción tu comentario.

Lamento que mis finales te lleven por el camino de la amargura, pero soy de los que piensan que es mucho mejor pasarlo mal en la ficción que en la realidad. Aunque a veces, todo hay que decirlo, no se sabe dónde comienza uno y dónde termina el otro.

Gracias por estar ahí. Un beso.

PD. ¿Sabes qué ha pasado para que Gema nos abandone? Estoy preocupado, seguramente sin motivos, pero no alcanzo a imaginar la causa.

14 Noviembre 2008 | 06:09 PM

annabel-lee

annabel-lee dijo

Precioso, reconozco que me ha emocionado muchísimo, que injusta es la vida a veces para algunas personas, no merecía ese final,. merecía haber vivido su sueño.

Un abrazo

Anni

14 Noviembre 2008 | 06:35 PM

arwen7

arwen7 dijo

Manuel disfruto muchisimo con tus escritos, saber que los finales no seran nunca lo que espero tiene su aquel....lo de la amargura era una manera d e hablar...

no se que le ocurre a Gema, ojala lo supiera, me ha entristecido muchisimo, la conozco de hace muy poco, pero se hace querer y la tengo en ese lugar donde pongo a la gente que me llega dentro por una causa o por otra, la echaba de menos estos dias, estoy tambien preocupada, hoy no es un buen dia.

Besos y gracias a ti por estar tambien.

14 Noviembre 2008 | 06:36 PM

Manuel

Manuel dijo

A "annabel-lee":

Es cierto, Miguel debería y merecía vivir su sueño. Y sí, la vida es injusta, y lo peor de todo, que la inmensa mayoría de las ocasiones, somos los humanos los causantes.

Un abrazo... "nueva amiga".

14 Noviembre 2008 | 06:43 PM

Manuel

Manuel dijo

A "arwen7":

Entiendo perfectamente el uso dado a "amargura", es perfectamente entendible. Disculpame tú si crees que lo mío ha sido un reproche. En absoluto. Nunca podré reprochar que describas tus sentimientos como creas conveniente.

Respecto a Gema, yo la estaba echando de menos. Pensé en una indisposición típica de esta época del año. Y ojalá hubiera sido eso.

Algunas veces, y tú lo has descrito muy bien, ponemos a la gente que nos transmite emociones o vitalidad en un sitio de privilegio en nuestra vidas. Lo hacemos con nuestra mejor voluntad, sin conocer a esa persona. El problema es cuando pasa esto que ha pasado con Gema, que no sabemos los motivos y nos preocupamos... y nuestro corazón se resiente.

En fín, si tenemos noticias, nos ponemos en contacto.

Un beso grande.

14 Noviembre 2008 | 06:50 PM

arwen7

arwen7 dijo

Disculpame tu a mi, no lo he tomado como un reproche, sobraba mi aclaracion, hoy no es un buen dia como ya he dicho ,quizas debi guardar silencio.
Un beso para ti.

14 Noviembre 2008 | 07:49 PM

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