Maisha…
El cayuco dejaba una estela lenta, zigzagueante. Iba a la deriva, a capricho del oleaje. En su interior se percibía un olor nauseabundo provocado por la suciedad y las necesidades fisiológicas de más de 40 personas. Su travesía por la supervivencia había comenzado hacía 7 días. La desesperación, el miedo, el hambre y la sed se reflejaban en sus negras caras…
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… Maisha tenía 8 años y se acurrucaba en el regazo de su madre buscando amparo y algo de calor. Su padre, mientras tanto, le acariciaba su precioso pelo trenzado. En la oscuridad de la noche, destacaba la luminosidad de los ojos de la pequeña Maisha. Eran negros… inmensos… bellos… que contrastaban con sus deteriorados y gruesos labios agrietados por la sequedad. La noche había caído y el mar estaba muy revuelto. La fragilidad de la embarcación hacía de ella un juguete en manos de unas olas poderosas. Debido a sus continuos y violentos virajes, comenzaron a caer ocupantes al mar… uno… otro… y otro… así, hasta que el cayuco terminó por naufragar.
La noche se llenó de gritos desesperados y llamadas de socorro. Maisha, en constante sumergimiento, subsistía gracias a un manoteo insistente. Entre aquellas aguas heladas, buscaba el contacto con sus padres, pero lo único que encontró fueron cuerpos inertes a su alrededor que aún no habían sido tragados por aquella inmensidad de agua salada. De pronto, sus pequeñas manos sintieron el contacto con una madera a la que se asió con todas sus fuerzas. Apoyó su cabeza sobre ella y comenzó a rezar… pasados unos minutos, su voz callada y el rugido de las olas, serían los únicos sonidos que escucharía en aquella fría noche…
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… la alborada trajo luz a la soledad de Maisha. Luz… pero ninguna claridad, ninguna esperanza. Lo había perdido todo, todo menos su vida. Su nombre, en africano, significaba justamente eso, “vida”… y ya ni siquiera se aferraba a ella.
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El atardecer amenazaba de nuevo. Las sombras volverían a tornarse en tinieblas e incertidumbre. La joven Maisha notaba como sus brazos y piernas padecían anquilosamiento. Bebía agua salada para calmar su sed pero le provocaba vómitos que agravaban su deteriorado estado de deshidratación. Ya no se abrazaba a aquella tabla de salvación con la misma fuerza ni con la misma fe. Estaba exhausta…
… el rugido de motores acercándose fue lo último que Maisha escuchó. Sus ojos adquirieron por un momento su brillo habitual… después, su pequeño cuerpo se desvaneció.
La suave y cálida voz de su hija le hizo desconectar de aquel trágico y horrible suceso. ¡Mamá! ¿Qué pasó con los abuelos? Los ojos de Maisha se inundaron de lágrimas. Perecieron hija mía. Todos perecieron. El mar se adueñó de sus cuerpos y nunca los devolvió. Yo soy la única superviviente. Maisha se puso de pie, besó a su hija y se fundieron en un reconfortante abrazo…




arwen7 dijo
La tragedia repetida hasta la saciedad,no por ello menos tragedia, menos dolorosa, miles de sueños hundidos y tragados por el mar, aqui en el comodo mundo desarrollado ,paradojas de la vida nos preparamos para la navidad.
Abrazos.
28 Noviembre 2008 | 04:06 PM