Unidos en el dolor…

Abrió el balcón de par en par. Se asomó completamente desnudo y miró al cielo, se persignó… y echó a llorar. Mateo era un hombre joven, de 28 años, que tenía en su soledad el mayor de los sufrimientos. No aguantaba tanto dolor. No podía soportar ni la amargura ni la tristeza que le causaba el hecho de “ser distinto”… y serlo, en una sociedad etiquetadora de personas, sin embargo, su aspecto físico le tenía condenado a ser tratado como un apestado.
A los 14 años le diagnosticaron un cáncer facial. A pesar de la premura, no pudieron evitar que se le extendiera al 80% de su rostro. Recibió tratamiento oncológico basado en radio y quimioterapia. Llevaba 5 intervenciones de cirugía plástica, pero su cáncer estaba muy extendido. Los médicos le aconsejaron una última intervención; su última oportunidad.
Mateo estaba extremadamente nervioso. Cuando abrió el balcón, pensó en abandonarlo todo y dejarse caer. ¡Un final rápido! suplicaba… pero en su interior, una fuerza extraña, removía unas enormes ganas de vivir, algo que entraba en contradicción con sus peores pensamientos. Recordó a sus padres, ya muertos, que siempre le educaron en la constancia, en el esfuerzo denodado y el padecimiento que provoca la adversidad, pero sobre todo, en sacar las fuerzas suficientes para combatirlas. Cerró el balcón… se tumbó en el sofá… y se quedó dormido…
…despertó a las 6 de la madrugada. Hizo una pequeña maleta, comprobó el pasaje de avión que le conduciría a Austria y esperó el momento de su marcha.
Quince días después, los doctores descubrieron las vendas que tapaba su rostro. Fue un momento lento, ceremonioso. Mateo estaba sentado en un sillón, esperando impaciente el momento en que le acercaran el espejo… un espejo que reflejaría definitivamente su destino; tocar por primera vez el cielo o caer definitivamente en el infierno.
La última venda cayó en la bandeja. Mateo abrió sus ojos cegados durante quince días y al instante comenzó a ver destellos, primero sombras y después la imagen nítida y clara de los cuatro doctores que le rodeaban y le observaban. Por fin pusieron el espejo en sus manos. Lo alzó, y al verse reflejado en él, supo que algo distinto había pasado en aquella ocasión.
Mateo, a partir de ese día, fue un hombre distinto. Y distinta sería su vida. Y distinto su destino. No pudo integrarse en una sociedad dónde fue repudiado simplemente por su aspecto físico. Decidió romper los pocos lazos que aún le unían y se embarcó en una labor profesional encomiable. Partió en labores humanitarias a un rincón del África. Allí encontró la paz y el sosiego necesarios. Y el amor… su primer y único amor. Una mujer acostumbrada desde pequeña al dolor. Una mujer marcada por el zarpazo de la injusticia social. Una bella mujer de hermosos ojos negros… inmensos… bellos… con un precioso pelo trenzado. Su nombre; Maisha…







arwen7 dijo
"que sorpresa", confieso que ha sido una autentica sorpresa encontrarme al final del relato a Maisha, nada de la historia de Mateo me hacia presagiar este encuentro,podria esperar cualquier cosa .....
una vez más me sorprendes gratamente, supongo que habra otra entrega ¿No?.....la espero intrigada.
Besos.
2 Diciembre 2008 | 04:40 PM