El baobab del amor (Final de Maisha)
El destino le proporcionó dos sorpresas en un corto espacio de tiempo. La primera de ellas muy agradable, hacía poco más de dos meses fue nombrada para el ejercicio de su actual cargo. La segunda, fatalmente trágica para su vida, su marido perdía la vida en accidente de tráfico. Hoy estaba incinerando su cuerpo.
La presencia de esa bella mujer en aquel acto luctuoso había levantado mucha expectación entre los distintos medios de comunicación. Rodeada de guardias de seguridad y entre destellos de flashes, abandonaba el recinto. Bajo el brazo derecho destacaba la presencia de una urna de metal. Los fotógrafos más avezados, debieron captar la triste imagen de un torrente de lágrimas corriendo por sus mejillas y que después serían comercializadas como pago del dolor al mejor postor.
La bella mujer se llamaba Gabriela y trabajaba para la ONU como Alto Comisionado para los Derechos Humanos. Ella, sola y abrumada por tanta burocracia, pidió a su marido que la visitara, que le necesitaba a su lado. En ese inesperado viaje le sobrevino el desgraciado accidente. Se tomó unos días de descanso para viajar al domicilio de su familia en la República de Senegal, y allí, esparcirían las cenizas de su amado esposo en el lugar por él indicado…
… mientras viajaba, los recuerdos de infancia acudieron -impetuosos- a su mente. Se recostó sobre el asiento, cerró los ojos y dejó en libertad sus pensamientos. El primero de ellos le provocó un daño inmenso… desmedido. Recordó cuando sus padres fueron decapitados en una de las innumerables batallas exterminadoras que la guerrilla congoleña realizaba en la zona dónde ellos vivían como cooperantes.
Gabriela tenía ocho años y tuvo que callar un grito de dolor por temor a ser oída por aquéllos salvajes. Ella se escondió entre cuerpos inertes que fueron pasados por las armas de la forma más vil y repugnante. El contacto de una mano golpeándole el hombro le hizo desconectar de sus recuerdos. ¡Aterrizamos en Dakar en diez minutos! –le dijeron- Gracias, respondió ella.
Gabriela recompuso su gesto, se colocó el cinturón de seguridad y minutos después aterrizaba. A bordo de un automóvil -con su chófer habitual- siguió el camino. Abrió su maletín, y del interior de un sobre, sacó unas cuantas fotografías. Vio una foto de ella junto a sus padres meses antes de que fueran asesinados. Había otra foto con su hermana donde destacaba, sobremanera, el contraste del color de su piel y de sus cabellos. La evocación de recuerdos hizo que su mirada languideciera. Sus vidas nunca fueron fáciles pero siempre estuvieron rodeadas del amor de todos hacia todos y, a pesar de las adversidades, su convivencia, siempre compartida, resultó muy agradable. Las hermanas fueron educadas en el respeto y ayuda constante al prójimo, en la solidaridad practicada con el ejemplo, en su lucha persistente contra las injusticias. Sus padres, es decir, sus segundos padres, nunca le hicieron sentir su condición de hija adoptiva. Trataban a las niñas sin distinción y, puesto que ambas eran casi de la misma edad, su educación y preparación cultural fueron simultáneas. Gabriela siempre supo que su hermana estaba mucho mejor preparada para la realización del cargo que ella desempeñaba, no obstante, fue ella la que la instruyó con denodada paciencia hasta conseguir su objetivo; la preparación política de Gabriela para intentar, desde altas cotas de poder, luchar contra las desigualdades. Se lo debía a sus padres… y ella nunca se negó.
… Gabriela, que miraba a través de la ventanilla, comenzó a divisar el delta del río Saloum. Comunicó al chófer un recorrido alternativo para evitar el paso por el centro del pueblo, un pueblo de pescadores dónde el turismo estaba tomando un auge insospechado. Cuando pasaron cerca del Hotel Niominka, Gabriela giró bruscamente la cabeza y ordenó parar el automóvil. Se bajó, se acercó -con la risa dibujada en sus labios- a unas personas que charlaban animadamente, pero comprobó que estaba en un error. Había creído ver a su hermana entre aquella gente. No tenía la menor importancia, al menos, ya estaban en Dionewar… y ella lo sabía bien, el latir de su corazón y el olor a naturaleza salvaje lo delataba. Allí, el tiempo, las obligaciones y las necesidades tomaban otra dimensión.
El automóvil entró por un sendero de tierra cubierto de vegetación a ambos lados. Al fondo se veía la casa, y en una especie de porche, la figura inequívoca de una mujer; su hermana, ataviada con ropas vaporosas propias del lugar. Se fundieron en un fuerte y sincero abrazo y sus lágrimas de alegría se mezclaron. Después pasaron al interior…
En un butacón de mimbre, con vistas a los meandros del río Saloum, se sentaba Mateo…; su padre. Andaba rozando los setenta años y estaba impedido de ambas piernas como consecuencia del aterrador castigo recibido y que provocó el éxodo familiar a Senegal. A su lado, su esposa, Maisha… su madre, que aún retenía en sus ojos el brillo de antaño y que contrastaba con el color cano de su abundante cabello. El reencuentro estuvo cargado de gran emotividad. Pasaron unas horas de intensa conversación en la que los recuerdos del pasado se mezclaban con el presente y los planes de futuro. Pero allí se equivocaban. Maisha estaba gravemente enferma y desahuciada por los médicos. Padecía del corazón, un corazón roto en demasiadas ocasiones. Después de cenar, las hermanas salieron a compartir confidencias, una de ellas, un preciado regalo que Gabriela recibió de su marido antes de morir; su embarazo. Antes de irse a dormir planificaron la hora y el sitio exacto donde esparcir sus cenizas. Esa noche, Gabriela tomó una decisión importante: no abandonaría Dionewar ni a su única familia.
Pasaron tres meses y Maisha (cuyo estado de salud había empeorado considerablemente) solicitó a sus hijas una última visita a “su árbol”, al árbol dónde compartió con su marido horas de felicidad plena. Gabriela y su hermana aceptaron. Al atardecer, las tres mujeres estaban sentadas bajo el baobab gigante que Maisha considerada suyo… se respiraba una paz envidiable. Las mujeres, con sus manos entrelazadas, se miraban con dulzura y amor; todas callaron, todas intuyeron que aquello era el principio del fin.
A la mañana siguiente, Maisha amaneció muerta. Su cara no denotaba el menor atisbo de sufrimiento sino más bien de dulzura. Mateo, entre lágrimas, sostenía la cabeza sobre su regazo… y le acariciaba su tez fría y mortecina… y su cabello cano… y depositaba en sus labios un beso sellado entre sus dedos… y le prometía que muy pronto le acompañaría en su viaje al más allá… que él no resistiría la vida sin su presencia…
Y así fue. Mateo falleció pocas semanas después… la tristeza por la ausencia del ser amado le ayudó a morir. Antes de hacerlo, como si él hubiera escogido el día, recordó por última vez a Maisha, su gran y único amor, aquella mujer de hermosos ojos negros… inmensos… bellos… con un precioso pelo trenzado… y que tanto amor, paz y sosiego llevó a su vida.




arwen7 dijo
Un digno final para una bellisima historia....gracias Manuel....
Un alegria encontrarte hoy aqui.
Abrazos.
29 Abril 2009 | 01:55 PM