...por su cabeza merodeaba una idea que le causaba enorme angustia, desasosiego, recelo...

... deambulaba por todas las habitaciones de la enorme casa; huía de algo o de alguien. Se acercó al salón y buscó refugio al calor de la chimenea. Unió sus manos y las frotó con fuerza. En un instante, un viento traicionero irrumpió con violencia. Ventanas abiertas de par en par acompañadas por un estruendoso ruido de cristales rotos. Después, toda la estancia se inundó de un frío húmedo, gélido y fantasmal; el fuego, poco a poco, se fue consumiendo. La oscuridad hizo de las tinieblas inquietud.

... la tenue llama proveniente de una lamparilla de aceite se hacía notar en aquella tenebrosa y cegada habitación. Unas poderosas pisadas resonaban con fuerza sobre el suelo de piedra; marcadas con claridad, y en ellas, se notaba dubitación, incertidumbre, inseguridad sobre qué camino seguir. Entraba, salía, subía y bajaba constantemente -y sin sentido- de las mismas habitaciones. A tientas. A oscuras. Al cabo de un rato, el poderoso sonido del silencio, callado, triste e intrigante, se convirtió en el principal protagonista. Resultó ser un bálsamo tranquilizador para unos nervios destrozados. Se sentó sobre un sillón cubierto por una enorme sábana cubierta de polvo. Se recostó; y dejó pasar el tiempo...

... con las luces del alba entrando a raudales por las ventanas abiertas, aquel ser se desperezaba para librarse del entumecimiento que la incómoda postura le había provocado. Miró al sillón y comprobó la existencia de abundante pelaje de color gris oscuro. Dio dos pasos para atrás; sorprendido, obnubilado. Sus pies descalzos pisaron un líquido espeso y viscoso que cubría una enorme mancha roja. Se sobresaltó y huyó despavorido del lugar. Al subir las escaleras su cuerpo quedó dibujado sobre un enorme espejo. Quedó paralizado. Se vio en plena desnudez y le desconcertó su abundante vellosidad, aquellos rasguños profundos y sangrantes por todo su cuerpo y que no le causaban el menor dolor. Y se asustó; y tembló de incertidumbre; y temió que esa idea que merodeaba por su cabeza fuera cierta...

... las escaleras daban acceso a un amplio pasillo. Había un total de cinco puertas. Abrió la primera de ellas y todo parecía estar en calma. Un dormitorio amplio donde se podía comprobar que la cama seguía estando intacta. Al fondo, en su parte derecha, una puerta se mostraba entornada. Se asomó a ella y la abrió completamente; un grito desgarrador salió de su garganta al comprobar el macabro hallazgo; un cuerpo de mujer, irreconocible y sanguinolento, se encontraba en el interior de una bañera, con la piel arrancada a jirones, con surcos profundos en su carne que parecía haber sido despegada del hueso, sin ojos, sin boca, sin rostro, olía al inconfundible perfume de la muerte...

... sin apenas tiempo para reponerse, abrió el resto de puertas. Cuatro. Y en las cuatro el mismo escenario. Muerte, masacre, el descuartizamiento despiadado de cuatro personas jóvenes, en particular, la última, una criatura de apenas tres años, bañada en sangre y cuya pequeña cabeza quedaba separada de su cuerpo por un certero tajo. No le quedaban fuerzas ni para gritar. El dolor le estaba devorando por dentro, carcomiendo sus entrañas. A lo lejos, muy a lo lejos, y debido a su poderoso poder auditivo, parecío percibir el pitido agudo de unas sirenas. Pensó en huir pero no sabía dónde. Sólo le quedaba un camino, lo emprendió con paso firme, decidida e irrevocablemente...

... en uno de los altillos del armario, como queriendo alejar el peligro de manos inocentes, se encontraba una caja con munición y una escopeta de caza. La bajó, la revisó concienzudamente y la armó con dos cartuchos. Él, con parsimoniosa serenidad y la calma del indolente, se sentó en un pequeño taburete, empotró la culata sobre el armario, metió los cañones en su boca, posó el dedo pulgar de su pie derecho sobre el gatillo, y esperó unos segundos; muy pocos...

... el disparo sonó fuerte, estrepitoso. Al momento, el olor a pólvora inundó la habitación. Gran parte de la masa cerebral y del encéfalo acompañados con chorros de sangre se esparcieron sobre la pared, dibujando sobre ella, una funesta y aciaga pintura abstracta; después, nuevamente, el poderoso sonido del silencio volvió a ser el principal protagonista...

Cuando cerré el libro tomé una decisión. La próxima vez que mis padres salieran a cenar cogería otro tipo de libro, algo del estilo de Barbara Cartland o Danielle Steel...